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El Hada de las Cadenas von Solar, Francisca (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 10.10.2011
  • Verlag: Camaron & R. Delax
eBook (ePUB)
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El Hada de las Cadenas

Una avioneta cae en el parque Amacayacu, lugar sagrado de los Yaguas amazónicos. Al llegar los rescatistas, sólo encuentran silencio, pero no fúnebre. No hay sobrevivientes ni cadáveres; nueve personas desaparecidas, sin rastro. ¿Dónde están? En la selva, si te pierdes, sólo queda rezar. El Hada de las Cadenas está escuchando.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 300
    Erscheinungsdatum: 10.10.2011
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9789563454116
    Verlag: Camaron & R. Delax
    Größe: 685kBytes
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El Hada de las Cadenas

I
Trío de Dos

"What would you think of me now?

so lucky, so strong, so proud.

I never said thank you for that,

May angels lead you in."

Jimmy Eat World, May Angels Let You In

El sacerdote pidió silencio.

Como un típico día de septiembre, el sistema meteorológico anunciaba un clima impredecible. Los rayos de sol que hace unos minutos cruzaban el vitral principal de la capilla, dieron paso a un cielo cerrado por un manto gris. El inspector de la PDI Marco Feliciano sintió de pronto que esas nubes comenzarían a agolparse sólo sobre su cabeza. Pero no parecía importarle. Se concentró en asir con fuerza su lado del ataúd y caminar erguido.

Trató de avanzar por el pasillo sin mirar a nadie. Imaginó un túnel vacío, trató de no escuchar ni sentir, pero viudas y oficiales en retiro se las arreglaban para tocar su hombro, rozar su mano, su pelo... Muchas caras olvidadas por el tiempo y las ganas. En sus susurros lo rodeaban con aquel hálito a tabaco negro que tanto aborrecía, que tanto le recordaba a quien yacía inerte, por fin, en el cajón que ahora acarreaba con las manos húmedas. Tenía que seguir aguantando la respiración.

Tantas veces esperó ese momento. Tantas. Lo ansió, recreándolo en su mente para buscar el alivio que eso significaba, pero ahora, ahora que ya había sucedido, que su padre estaba muerto, el desasosiego se negaba a abandonarlo. Su corazón latía con fuerza, todo por volver a ver a ese cúmulo de gente insípida, ciega ante las pruebas, sorda a los rumores. Decrépitos. No habían hecho más que blindar a un hombre que no merecía ni su amistad ni su compasión.

Cuando los abandonó, a él y a su madre, Marco tenía dieciséis años. Todavía no soñaba con ir a la universidad. Maldiciendo a una esposa que no aceptó más una sumisión degradante, y a un hijo que ya tenía el porte suficiente para defenderse a puño, prometió quitarles todo. La casa, los amigos, la felicidad, la paz... incluso la sanidad mental de quien había compartido la cama con él por casi tres décadas. ¿Seguiría atormentándolo, aun bajo tierra?

Alzó el rostro y pronto se arrepintió de haberlo hecho. El general en retiro Pedro Irigoyen, sentado al borde del pasillo, lo fulminó con una mirada de condena, la misma que expresó en sus palabras cuando lo llamó a su departamento la mañana anterior. El mejor amigo de su padre le comunicaba la fatal noticia, y volvía a increparlo por haber estado toda la vida en el bando equivocado. "Nunca lo buscaste, nunca quisiste escuchar su versión de la historia, y ya es muy tarde para enmendar tu error", le reclamó al otro extremo de la línea telefónica, desde el Hospital Militar. Una hemorragia interna y silenciosa se lo había llevado a unos tempranos sesenta y cinco años. Marco no lo lamentaba. Tampoco su madre, doña Emilia Camarán. Estaba seguro de eso, pero ella ya no estaba en condiciones de confirmarlo. Ni eso ni nada.

Tan pronto el recorrido alcanzó el final del pasillo, él y los otros escoltas dejaron el féretro, con una buena dosis de esfuerzo, sobre el soporte despejado al centro del salón. Luego el inspector tomó su sitio en la primera fila, junto a doña Emilia. El resto del banquillo estaba vacío. Aunque buscó sus ojos, no encontró en ella más sintonía que su misma respiración agitada.

Marco se inclinó a la altura de su silla de ruedas. Apoyó la barbilla cerca de su hombro, cubierto por una vieja mantilla negra. Y la llamó.

Doña Emilia representaba, por lo menos, diez años más de los que se certificaban en su carné de identidad. Tenía el rostro cansado, los párpados lacios y la mirada perdida, vagos en el altar y el sermón ininteligible del párroco. Llevaba el pelo, muy cano para su edad, enmarañado en un escondido tocado alto, un paño blanco en su pecho para contener la saliva y las

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