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Las ilusiones de Odraude von Correa, Esther Santana (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 11.10.2016
  • Verlag: Editorial Bubok Publishing
eBook (ePUB)
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Las ilusiones de Odraude

Kala, Lara Anamitra, Avalón y Andrea han nacido y crecido a kilómetros de distancia unas de otras. En diferentes continentes, con diferentes estatus sociales, diferentes culturas y diferentes historias. Pero todas tienen algo en común que las hace especiales, Odraude las visita desde que son muy pequeñas, con el propósito de encomendarles una mision cuando las jóvenes contacten entre ellas y estén preparadas.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 280
    Erscheinungsdatum: 11.10.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788468696164
    Verlag: Editorial Bubok Publishing
    Größe: 600 kBytes
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Las ilusiones de Odraude

CAPÍTULO I

Era noche cerrada, las tres de la madrugada y como siempre sudaba y temblaba. Se preguntaba qué era lo que le estaba pasando, por qué otra vez aparecía la luz, esa luz que la atosigaba todas las noches desde hacía mucho, mucho tiempo. Era, como siempre una pesadilla horrible, y no podía moverse, hacía tiempo que deseaba que la noche no llegara, que el sol resplandeciera eternamente, que el mundo no cerrara sus puertas, pero no tenía el poder de parar la noche...

Afortunadamente llegó otro amanecer y el despertador sonó, como todos los días, a las siete y diez. Desde que comenzaron las clases en el instituto se tenía que levantar a esa hora y como un ritual preparaba la ropa, se daba una ducha, se vestía, recogía los libros y entraba en la habitación de su madre para darle un beso. Las clases habían empezado un mes atrás, pero ella no se había acostumbrado aún a levantarse tan temprano.

A pesar de que todas las noches la madre le recordaba que al día siguiente tendría clase, persistentemente, según su matriarca, abusaba de la fea costumbre de acostarse a las once de la noche. Si al sueño que sufría todas las mañanas le añadimos que era poco inclinada al estudio, se puede entender cuáles eran sus sentimientos cada vez que cerraba la puerta y salía de su casa camino del instituto.

Como cada día, mientras bajaba las escaleras pensaba que todo había sido un mal sueño y que el ajetreo rutinario, las clases y las amigas le harían olvidar la pesadilla tan horrible que le estaba acosando. Pero algo en su interior le decía que, pese a sus sanas intenciones, todo iba a seguir igual, que no podría librarse de que la noche llegara, de que sus ojos se cerraran y de volver a vivir aquello que desde los seis años no la dejaba descansar en paz por las noches.

Siempre igual, siempre la misma presencia, siempre la misma voz.

Ella se animaba intentando convencerse de que al menos ya no se pasaba a la cama de su madre y se reía de sí misma pensando lo que opinarían sus amigas si supiesen que todas las noches del mundo, desde que comenzó la historia, Lara se levantaba a la misma hora, tres de la madrugada, cogía su almohada y su peluche y se metía cuidadosamente en la gran cama que su madre disfrutaba sola desde que ella y su padre se separaron. Jamás le había contado a nadie porqué todas las noches, a la misma hora, se despertaba acuciada por temores que lograban desvelarla.

Ese día Lara recordaba la conversación que había tenido con su madre como si transcurriese en ese mismo momento.

Lara hace tiempo que no te pasas a mi cama y la verdad que te echo de menos. ¿Ya se te han pasado las pesadillas?

Mamá, ya tengo diecisiete años y ya no hay motivos para pasarme a tu cama. Además, ¿de qué pesadillas hablas? Se trataba sólo de unos tontos sueños que me asustaban.

Mientras hablaba, Lara temía que su madre se diera cuenta que estaba mintiendo, especialmente recordando que desde su más tierna infancia su progenitora tenía la habilidad de saber cuándo falseaba la verdad y cuando no. También es verdad que a ella le era imposible camuflar sus emociones, por lo que estas afloraban a su cara mediante una delatora sonrisa que le resultaba imposible disimular.

Por esta razón mientras almorzaban y tenían esta conversación, Lara tuvo mucho cuidado para que su madre no llegara a ver su rostro cuando le contestó que "siendo mayor ya no encontraba motivos para despertarse asustada".

Normalmente la secuencia era siempre la misma: se acostaba, apagaba la luz, se dormía y cuando más profundo era el sueño "alguien" le susurraba al oído "ayúdanos, te necesitamos". Inmediatamente abría los ojos y veía esa diminuta luz que la cegaba, era una luz tan intensa que por segundos pensaba que una persona la alumbraba con una linterna. Pero pronto se daba cuenta de que en la habitación s

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