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Como una extraña von Abbott, Rachel (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 01.10.2016
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Como una extraña

Dicen que nunca debes fiarte de quien no conoces. Tal vez tengan razón.Cuando Emma Joseph conoció a su marido, David, este era un hombre destrozado. Su primera mujer había muerto al salirse su coche de la carretera y su hija de seis años desapareció misteriosamente del lugar del siniestro. Ahora, seis años después, Emma cree que aquellos dolorosos tiempos han quedado atrás para siempre. Su esposo y ella han construido una nueva vida juntos, y tienen un bebé precioso. Pero de pronto, cuando una extraña de doce años irrumpe en sus vidas, todo parece tambalearse. En paralelo, el inspector de policía Tom Douglas, recién llegado a Manchester desde la ciudad de Londres, tendrá que vérselas con un caso en el que su oscuro y no resuelto pasado se entremezcla con una agónica investigación a contrarreloj que cambiará la existencia de todos.En este adictivo thriller psicológico, repleto de vertiginosos e insospechados cambios de dirección, Rachel Abbott consigue atraparnos hasta la última página, dejándonos con la sensación de que aquellos a quienes tenemos más cerca tal vez sean las personas a las que menos conozcamos... Rachel Abott nació y se crió en Manchester y durante muchos años ejerció como analista de sistemas informáticos. Sus primeras tres novelas autopublicadas vendieron más de un millón de ejemplares en total. A su debut, Solo los inocentes, le siguieron The Back Road y Sleep Tight. En la actualidad vive en Alderney, dedicada únicamente a la escritura.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 336
    Erscheinungsdatum: 01.10.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416854516
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 689 kBytes
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Como una extraña

Prólogo

Diez minutos más y estaría tranquila en casa.

Caroline Joseph sintió un escalofrío de alivio al pensar que el largo viaje pronto habría terminado. Nunca le había gustado conducir de noche y siempre se sentía un poco fuera de control. Cada par de faros que se le acercaba parecía atraerla hacia sí, con esa luz blanca iluminando el interior del coche mientras ella se aferraba al volante, esforzándose por mantener recto el rumbo del automóvil.

Pero ya quedaba poco. Le apetecía darle a Natasha un baño tibio, una taza de chocolate caliente y meterla en la cama. Luego le dedicaría a David lo que quedara de la noche. Algo lo tenía preocupado, y Caroline pensó que, tal vez si se sentaban delante de la chimenea con una copa de vino cuando Natasha estuviera dormida, podría ser capaz de sonsacarle el problema. Debía de ser algo relacionado con el trabajo.

Echó un vistazo por el retrovisor para mirar a su querida hija. Tasha tenía seis años, o seis y tres cuartos, como le gustaba presumir, aunque como era menuda parecía más pequeña. Su pálida melena rubia le caía en suaves ondas hasta los hombros, y sus delicadas facciones se veían bañadas intermitentemente en la luz amarilla de cada farola que pasaban. Tenía los ojos cerrados, y Caroline sonrió al verla tan plácida.

Hoy Tasha se había comportado con su dulzura habitual, jugando alegre con sus primitos mientras los adultos corrían de acá para allá haciendo lo que mandara el padre de Caroline. Había promulgado uno de sus edictos: esta vez había declarado que Caroline, junto con sus hermanos y sus familias, debían acudir a una cena prenavideña. Como era habitual, todos habían obedecido. Es decir, todos menos David.

El desvío hacia los caminos que conducían a su casa estaba ya muy cerca, y Caroline echó un último vistazo a Natasha. Una vez que abandonaron la calle principal y se alejaron de los escaparates bien iluminados y de la luz ámbar de las farolas, el asiento trasero del coche quedaría a oscuras. Había estado durmiendo la mayor parte del trayecto, pero ahora empezaba a moverse.

-¿Estás bien, Tasha? -preguntó Caroline.

La niña se limitó a responder con un murmullo, no lo bastante despierta como para contestar, frotándose los ojos con los nudillos. Caroline sonrió. Frenó ligeramente y cambió de marcha para trazar la curva. Lo único que tenía que hacer era superar el último par de millas que le quedaban de viaje por los estrechos caminos bordeados de altos setos, profundamente oscuros, y entonces se podría relajar. Sintió un fogonazo de irritación contra David. Él sabía que odiaba conducir de noche, y podría haber hecho un esfuerzo, aunque solo fuera por Natasha, no por ella. Esa noche las dos lo habían echado de menos.

Por el rabillo del ojo vio un movimiento repentino a su izquierda, y giró la cabeza deprisa hacia él, con el corazón golpeándole el pecho. Un búho planeó muy bajo sobre los setos, y la luz de sus faros rebotó contra su blanca pechera, centelleando contra el negro cielo. Caroline suspiró despacio.

No había luna, y la escarcha relucía contra el asfalto negro de los caminos que llevaban hasta su casa. A su alrededor todo parecía perfectamente quieto, como si el mundo se hubiera detenido, y ahora que el búho se había marchado ella era lo único que seguía moviéndose. Caroline sabía que si abría la ventanilla no oiría otro ruido que el sordo rugir del motor. No había ninguna luz ni delante ni detrás, y por un momento su miedo innato a la oscuridad amenazó con dominarla.

Se inclinó hacia delante y encendió la radio bajito, sintiéndose más segura por la jovialidad de los previsibles villancicos. Pronto estaría harta de oírlos, pero en aquel momento que fueran alegres y populares le resultó tranquilizador.

Sonrió cuando el teléfono que tenía en el asiento del copiloto empezó a sonar. Segura de que sería David preguntando cuándo llegarían

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