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La lealtad de los reptiles von Huertas, Fernando (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 30.11.2014
  • Verlag: Editorial Amarante
eBook (ePUB)
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La lealtad de los reptiles

Si alguien piensa que lo conoce todo sobre corrupción en España se equivoca. Déjate atrapar por este thriller político-policíaco de plena actualidad, que se desarrolla en las entrañas del poder y presenta cierto paralelismo con el caso Bárcenas. 'La lealtad de los reptiles' es una historia fácilmente reconocible en nuestro entorno social, que sin duda interesará a todo el público. Fernando Huertas (director de los largometrajes 'El Elegido' y 'Terca Vida') despliega su conocimiento cinematográfico y magistral dominio de este difícil género, para brindarnos una narración impecable y sólida, donde es difícil deslindar ficción y realidad.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 262
    Erscheinungsdatum: 30.11.2014
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416214464
    Verlag: Editorial Amarante
    Größe: 452 kBytes
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La lealtad de los reptiles

2

Tres días antes, Gonzalo regresó a su casa desde Milán, a donde había ido para hacerle la entrevista a Roberto Quirós, y descubrió, al abrir la maleta, que en su interior solo había ropa de mujer. Aquel hallazgo le desconcertó, ¿qué hacían aquellas prendas allí? Cuando observó con detenimiento la valija se dio cuenta de que no era la suya, era muy parecida, eso sí, pero no era su maleta. Después de examinarla con detalle solo encontró algunas diferencias lo bastante pequeñas como para que no resultara difícil confundirlas. En una etiqueta que colgaba de la anilla de la cremallera, podía leerse: Anna Ivanova y un domicilio en Madrid, no aparecía ningún teléfono, si bien pensó que con la dirección sería suficiente para encontrar a su dueña.

Gonzalo observó las ropas convencido de que su propietaria estaría en ese momento mirando, tan desconcertada como él, "su" maleta llena de ropa de hombre, pues el enorme parecido que tenían, le habría llevado a agarrar la suya de la cinta de equipajes. Al cerrar la cremallera tuvo que introducir algunas prendas que sobresalían y notó al tacto su suavidad. Le agradó la sensación y levantó de nuevo la tapa; seda, raso, satén..., rojos, azules, malvas..., encajes, puntillas, bordados..., y un leve olor a jazmín. Deslizó su mano sobre ellas, las acarició e imaginó su textura sobre el cuerpo desnudo de una mujer que, a juzgar por el tipo de prendas que allí había, sería joven e inevitablemente bella. El nombre de la dueña le llevó a imaginar a una de esas mujeres del Este; rubias, de ojos claros y mirada dulce, de piel blanca y suave. Sería rusa, ucraniana o tal vez eslovaca, y no le desagradó la idea de conocerla. Colocó todo de la mejor manera posible y cerró la cremallera.

A pesar de estar convencido de que recuperaría su equipaje, a Gonzalo le molestaba haber tenido una confusión tan estúpida. Por otra parte, le preocupaba que Paula, al ver el contenido de la maleta, se imaginara cualquier historia entre su dueña y él, lo que no era muy recomendable en la situación por la que atravesaban. Gonzalo decidió entonces ocultar la maleta antes de que su mujer regresara de trabajar. Intentó esconderla debajo de la cama, en el tendedero, encima del armario, pero en un apartamento de cincuenta metros no hay sitios seguros dónde ocultar nada. El maletero de su coche hubiera sido una buena opción, si no fuera porque lo tenía Paula, que había aprovechado su viaje a Milán para llevar su BMW Serie 1 a pasar la revisión de los diez mil kilómetros. Se le ocurrió que Julián, el conserje, podría guardársela en la portería hasta el día siguiente. Gonzalo bajó y llamó a la puerta del chiscón. Cuando el portero abrió y le vio en mangas de camisa, con la maleta en la mano -la misma con la que había atravesado el portal media hora antes-, este, con su habitual corrección, le preguntó:

-¿Le ocurre algo, don Gonzalo?

Por la extrañeza de su mirada, se dio cuenta de lo desaconsejable que era la idea de pedirle que le guardara la maleta y más decirle que de aquello nada debía saber Paula. La sorprendente petición generaría en Julián una duda sobre su persona que arrastraría toda su vida, sin tener la seguridad de que Paula, e incluso, el resto de la comunidad, no llegara a enterarse de aquella maniobra. Para salir del atolladero en el que se encontraba, a Gonzalo se le ocurrió preguntarle por el correo, intentando aparentar la mayor naturalidad posible.

-¿Tiene usted correo para mí?

Julián le miró con estupor y Gonzalo dedujo con facilidad que el pobre hombre no entendía qué hacía allí preguntándole por la correspondencia, cuando, desde siempre, el cartero la depositaba en los casilleros que había en la entrada, a la derecha. Lo absurdo de la pregunta llevó a Julián a interesarse por su estado de salud, aunque quizá sería más correcto decir que se interesó por su estado de salud mental.

-¿Se en

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