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Ven, dulce muerte La tercera investigación del detective Brenner von Haas, Wolf (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 06.06.2012
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Ven, dulce muerte

El socorrista y conductor de ambulancias Hansi Munz no da crédito a lo que ven sus ojos: una pareja de enamorados se besa con furia insaciable hasta terminar en el suelo. Pero su caída no se debe a la pasión carnal, sino a un tiro certero que pone fin a sus vidas. A Brenner, que acaba de incorporarse a su nuevo trabajo en el Servicio de Ambulancias, este asesinato le trae sin cuidado porque ya ha colgado las botas de detective; sin embargo, su jefe se alegra de tener en sus filas a un antiguo sabueso y, en la lucha encarnizada por el monopolio del Servicio de Ambulancias en Viena, pretenderá utilizarlo para atajar de una vez por todas las malas artes de la competencia;Un nuevo y desternillante caso que combina perfectamente el más fino humor con una inteligente y bien trabada trama policiaca. Wolf Haas nació en Maria Alm am Steinernen Meer, cerca de Salzburgo, en 1960. Después de cursar estudios de Lingüística ejerció durante dos años de lector en la universidad de Swansea, en Gales. A continuación trabajó como redactor de textos publicitarios en Viena. La resurrección de los muertos es su primera novela, que le valió el fulminante ascenso a la 'primera división de autores de género policiaco en lengua alemana' (Facts). Muchas de sus novelas han sido galardonadas con el Premio Alemán de Novela Policiaca. Actualmente reside en Viena.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 184
    Erscheinungsdatum: 06.06.2012
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788498417265
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 824 kBytes
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Ven, dulce muerte

1
¡Y dale!, ha vuelto a ocurrir algo.
Un día que comienza así só;lo puede ir a peor. No es que yo sea supersticioso; no soy, ni mucho menos, de los que temen desgracias cuando un gato negro se les atraviesa en el camino o que al paso de una ambulancia hacen la señ;al de la cruz para conjurar el quiró;fano.
Tampoco digo martes y trece. Porque fue un lunes veintitrés cuando, tumbado en medio de la Pötzleinsdorfer Strasse, Ettore Sulzenbacher lloraba como para ablandar el corazó;n de las piedras.
Cuando la señ;ora Sulzenbacher lo encontró; en aquel lugar, primero pensó; que era el consabido berrinche por el nombre de pila que había puesto a su hijo hacía siete añ;os, pero luego advirtió; el motivo real de su desconsuelo: al lado de Ettore yacía el cuerpo sin vida de su gato Ningnong.
Una ambulancia con sirena y luz azul había hecho papilla al felino. Cuando Ettore lo encontró;, la ambulancia ya estaba a mil leguas del lugar. Había bajado a toda pastilla por la Potzleindorfer Strasse, de manera que fue una suerte que no hubiera más víctimas mortales que Ningnong.
En cualquier caso, de nada sirven las lágrimas en una tesitura tal. El gato había quedado tieso. Lo ú;nico que no sé es si arrollar un gato negro trae más o menos mala suerte.
De todos modos el socorrista Manfred Grande no se detuvo a pensar en ello un solo instante. Conducía a una velocidad tal que ni siquiera se percató; de haber dejado a Ningnong convertido en una masa de hojaldre negra, pues tenía que apretar el acelerador para coger el siguiente cruce en rojo.
Resulta que hoy en día entre los conductores de ambulancia lo de contar los cruces que llegan a atravesar en rojo durante cada salida de emergencia se ha convertido un poco en una moda. Existe entre ellos una especie de mentalidad de batir récords como la que se extiende a día de hoy en todas partes. Pero tienes que saber una cosa. La ley no permite que las ambulancias atraviesen los cruces en rojo. La gente cree que está permitido por las veces que ve có;mo las ambulancias con luz azul y sirena se saltan los semáforos. Cuando en realidad está prohibido. Rojo es rojo. También para las ambulancias.
Y también para Manfred Grande, a quien sus compañ;eros siempre han llamado Pongo. No sé de dó;nde le viene este apodo, pero debe de tener algo que ver con sus ojos de besugo y ese cuello grueso y rojo de orangután que tiene. Y el pelo crespo no es que mejore el asunto. Pero a Pongo, con sus veintiocho añ;os, ya se le ha caído un poco el pelo y una enfermera ex peluquera le ha hecho ricitos por ciento noventa chelines, a modo de estrategia de camuflaje, como quien dice. Lo curioso es que cuanto menos pelo tiene Pongo en la cabeza, más grande y poblado se le vuelve el mostacho.
Ahora bien, semáforo en rojo, prohibido pasar. Y Pongo, claro, con más razó;n atraviesa el cruce. Porque es como una especie de reacció;n protesta entre los conductores de ambulancia. Una protesta contra el legislativo. Día a día te juegas la vida levantando a la gente de la calzada antes de que los buitres se les echen encima y ¿crees que el legislador te ofrece algú;n apoyo? ¿Crees que se digna dar las gracias siquiera? ¿O que te permite pasar en rojo? ¡Estás tú; listo! El legislador lo que hace es ponerte palos en las ruedas y no piensa transigir con los semáforos. Eso desde el punto de vista puramente legal.
Desde el punto de vista práctico, obvio, la cosa cambia. Porque Ningnong no había caído aú;n del todo sobre el asfalt

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