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Ámame más von Becerril, Sandra (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 08.10.2014
  • Verlag: Editorial Amarante
eBook (ePUB)
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Ámame más

Desde muy joven, Sebastian se percató que los fantasmas que ven los humanos, son la gente real que lo acompaña y los vivos son como espíritus para él. Huye de su mundo internándose en un panteón abandonado alejado de la ciudad donde jamás será amado por nadie. Se convierte en un ser incomprendido y atormentado por su don, pero los espíritus están encantados de que alguien escuche las historias que incluso ellos ya han olvidado, aceptan a Sebastian para que escriba sus vidas y no queden en la nada del olvido pues ya nadie los recuerda. Sebastian escribe sin cesar y sin querer los salva del infierno al que fueron condenados sin saber que el diablo ha estado esperando a estas almas llenas de pecados desde hace siglos y ahora Sebastian se ha interpuesto en su camino. Además llega Lía, una bruja que lleva siglos muerta esperando a que Sebastian llegue a ella. Se enamoran ante los horrorizados ojos de los espíritus y de los hombres. Sandra Becerril vuelve a enmascarar una historia real y vívida en un mundo paralelo, pero solamente utiliza este decorado para introducirnos en una gran historia de amor y derrochar toda la narrativa que lleva dentro.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 192
    Erscheinungsdatum: 08.10.2014
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416214303
    Verlag: Editorial Amarante
    Größe: 281 kBytes
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Ámame más

I

Un lunes temprano, Sebastian salió de su casa y se perdió en su mundo de sombras y muerte. En la calle por donde caminaba nadie con los que se topó de frente o le pegaban con los hombros al pasar se fijó en sus heridas o que aún sangraba, gente corriendo apresurada, estudiantes con mochilas y uniformes que apestaban a sudor saliendo de las escuelas, empujándose, gritando, automóviles con música alta de todo tipo, una sinfonía revuelta en el aire contaminado, vendedores ambulantes chillando con sus mercancías que los demás pisaban sin ver, niños pataleando, señoras con bolsas de supermercado tratando de regatear mercancías, sol, mucho sol, vagabundos dormidos en el piso, ropavejeros gritando con sus carritos repletos de cosas que ya nadie quiere, perros perdidos a punto de ser atropellados, perros con collar al lado de sus amos, dos mujeres peleándose a gritos (para que las escucharan bien y alguien apoyara sus razones), pero sobre todo un calor que entraba por los pies quemándolos, pasando por las piernas cansadas y varicosas, llegando al estómago, que salía por la boca y en cada gota de sudor que los rostros derramaban en sus agitados pasos. La ropa pegada a los cuerpos, mal olor, comida fermentada en los puestos, coladeras y pisos humeantes con el pavimento a 40 grados.

Las mujeres se abanicaban con lo que tenían a la mano, los hombres de traje, con los sacos en los brazos, con ganas de tirarse de cabeza en el agua de la fuente con la estatua de los Coyotes. Algunos niños lo hicieron sin importarles nada más, pero el agua ya era más una pasta chiclosa de lodo, agua de lluvia y orines con plantitas amarillentas que se les pegaban en el cabello, en los rostros y en las bocas haciéndolos vomitar en la misma fuente. El vendedor de aguas hacia su Agosto vendiéndolas a un precio carísimo. Pensar que el agua de la llave del vecino no le costó nada, lo amarillo se quita con un poco de colorante. Sonreía feliz contando el dinero que ya no cabía en los bolsos de sus pantalones húmedos.

Hacia el final de la avenida, el sol y sus reflejos lastimaban los ojos de los transeúntes que buscaban ansiosos la sombra de los serios edificios como si caminaran abandonados en un desierto. Los árboles del camellón aún no crecían lo suficiente como para resguardar del sol a esas pieles quemadas. Automóviles en fila descompuestos al lado de la calle. Como en un desfile de coches averiados, así uno tras otro, con el cofre abierto y una humareda desde el interior, con los preocupados dueños viéndolos como si con su pura visión, el auto se fuera a componer. Las grúas no se daban abasto llevándose al rojo, al azul, a la camioneta, a la moto. Otros chocando entre sí, el sol les impedía pensar y actuar con claridad, así que se estrellaban como si fuera un juego de feria.

Los olores de la gente, los perros, de la gasolina, de la suciedad de los basureros cercanos, del polvo y de la misma humedad, subían hacia el cielo como si quisieran escapar del caos diario, topándose con las narices de los peatones, acostumbrados a oler lo mismo todos los días, ya sin notar la peste de la ciudad. El calor causó que del escaparate de un cine muy comercial, se despegaran de la marquesina todos los carteles de las próximas películas, cubriendo la calle de actores y rostros conocidos que ahora estaban de cara al asfalto, besándolo. Jóvenes corriendo por ahí y robándose los poster. La policía, con sus inútiles y ridículos silbatitos, detrás, pidiendo refuerzos para estos ladrones. "Hoy son posters, mañana serán bancos", era el lema de uno más gordo que otros que trató con toda su fe de alcanzar a los ladronzuelos. Le alcanzó más rápido un infarto que lo dejó tirado en el pavimento con un montón de gente mirándolo como si estuvieran en el zoológico. El doctor llegó demasiado tarde y la ambulancia jamás, pues el tráfico era espantoso.

El cadáver comenzó a descomponerse de inmediato por el

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