text.skipToContent text.skipToNavigation
background-image

Cuentos Vulnerables von Rosalsky, Mercedes (eBook)

  • Verlag: BookBaby
eBook (ePUB)
3,56 €
inkl. gesetzl. MwSt.
Sofort per Download lieferbar

Online verfügbar

Cuentos Vulnerables

En esta inquietante colección de cuentos, Mercedes Rosalsky explora el descubrimiento de que el amor y la traición le son posibles a cualquiera en cualquier momento.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 130
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9781543907797
    Verlag: BookBaby
    Größe: 222kBytes
Weiterlesen weniger lesen

Cuentos Vulnerables

La Agonía de Manuel

Era la tarde de un sábado. Manuel Quintana, arquitecto cuarentón, muy guapo, rubio canoso, ojos grises, estaba sentado en la bañera de su casa dándose un baño de yerbas. Tenía la bañera casi a desbordarse y en el agua caliente flotaban hojas de menta y pétalos de amapola. El vapor del baño formaba una nube que se pegaba a las paredes decoradas con lozas blancas y azules. Manuel se frotaba las hojas en el pecho, en los brazos, en las axilas mientras repetía una oración al Sagrado Corazón de Jesús. Ya llevaba media hora allí sentado con sus rezos. El baño venía recomendado por Doña Luisa, la espiritista amiga de su mamá. Tenía Doña Luisa la certeza de que María, la esposa de Manuel, le había mandado a hacer un fufú poderoso y eso lo tenía estancado en su trabajo. A pesar de su mucho afán cada día tenía menos clientes. Manuel terminó su baño porque el agua se estaba enfriando. Salió de la bañera, se secó con una toalla roja (parte del despojo) y se vistió. Allí le dejó la bañera sucia cubierta de hojas y pétalos mustios a María para que la limpiara. Sintió la punzada en el vientre que lo había estado molestando últimamente pero no le dio importancia. Se dispuso a salir de la casa vestido en una camisa de algodón fino que le había regalado Elisa, su secretaria. Olía a menta y se sentía recompuesto por la defensa que le estaba montando a su mujer. María estaba en la cocina, lavando platos.

_ ¿A dónde vas?_ le preguntó cuando notó que iba a salir.

_Por ahí_ dijo él. Se montó en su carro y se fue.

Ya sospechaba ella para dónde iba él.

María, una pelirroja atractiva, también cuarentona, quedó con un humor de perros. No era verdad lo del fufú. Ya se lo había dicho ella a Manuel más de una vez. Ella no había mandado a hacer nada. Estaba ofendida de que él la culpara de sus fracasos y se sentía avergonzada de que su esposo, un hombre educado, utilizara tales métodos para lograr el éxito. Ella estaba desempleada así que todo el trabajo de la casa lo hacía ella. Limpió la bañera con un asco infinito maldiciendo a su suegra y a la tal Doña Luisa. Era verdad que los fracasos de Manuel la hacían sentir estancada. Ella anhelaba una casa grande en un vecindario lujoso, no la casita donde vivían. ¿Para qué iba a hacerle un fufú a su marido? Lo que ella quería era que él trajera más dinero. María tenía ya la cara sudada y el pelo encrespado por la humedad del baño. Alzó el cubo donde había echado todo el yerbaje y tiró todo su contenido a la basura.

Anita, de once años, única hija de la pareja, rubia como su padre, estaba encerraba en su pequeño cuarto pintado de rosa. Se entretenía poniendo los CDs de Lady Gaga o hablando con sus amigas en el viejo teléfono alámbrico que tenía en su cuarto pues su papá no podía pagar por un celular. No salía del cuarto hasta que él saliera de la casa para no tener que oír las constantes peleas de sus padres.

Además de los altercados causados por los fracasos de Manuel, María estaba celosa de Elisa, la secretaria. Llevaba ésta un año trabajando para él. Unos meses atrás alguien, una mujer, había llamado a María por teléfono y le había dicho que Manuel y Elisa estaban envueltos en un caluroso romance. María calmadamente le dio las gracias a la mujer y colgó. Luego reventó de celos y le contó todo a su hija. A la niña no le cabía tal traición en la cabeza, así que no le creyó nada y se encerró en su cuarto. Cuando Manuel llegó del trabajo María lo azotó con numerosos insultos y amenazas. Los gritos de la pelea fueron tan agudos que pasaron claros a través de las paredes del cuartito de Anita. La niña hizo un esfuerzo por ignorarlos. No pudo. Su madre abrió la puerta y le ordenó salir inmediatamente. Ambos padres, hablando a la vez, se pusieron a contarle su versión del asunto como si ella fuera un juez. Anita, paralizada, se puso

Weiterlesen weniger lesen

Kundenbewertungen