text.skipToContent text.skipToNavigation
background-image

Dulce sueno von Bazán, Emilia P. (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 29.06.2015
  • Verlag: Booklassic
eBook (ePUB)
0,99 €
inkl. gesetzl. MwSt.
Sofort per Download lieferbar

Online verfügbar

Dulce sueno

Esta colección de cuentos siete ha dado a conocer en textos impecables, basados en las primeras ediciones o en manuscritos de Emilia Pardo Bazán obras significativas en la escritura d ela autora espanola.

I. Escuchad
II. Lina
III. Los procos
IV. El de Farnesio
V. Intermedio lírico
VI. El de Carranza
VII. Dulce dueno

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 132
    Erscheinungsdatum: 29.06.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9789635261932
    Verlag: Booklassic
    Größe: 514kBytes
Weiterlesen weniger lesen

Dulce sueno

Capítulo 2 Lina

I

¡Como una bomba, el notición! Cuando traen el telegrama, estoy aseando mi cuartito, porque mi única sirviente apenas sabe pasar una escoba antipática, abarquillada de puro vieja. Desgarro el misterio del cierre, extraigo, y leo: "Ha fallecido repentinamente tía Catalina. Tú, instituida heredera universal. Vente. Farnesio".

¡Tía Catalina! ¡Yo su heredera única! Y ni siento vértigo, ni tampoco efusión de gratitud. Lo encuentro curioso; la extrañeza vence. ¿Por qué me instituye heredera la que en vida me pasaba una miseria de pensión, no perdonaba medio de inducirme a que fuese monja, y me tenía relegada al destierro de Alcalá de Henares? Me prometo averiguarlo, aunque sé que los muertos se llevan consigo la verdadera clave de sus actos (por lo cual me río de la historia).

Mi viaje a Madrid se arregla pronto. Respondo al telegrama de Farnesio, me pongo el vestidito negro de paño, la toca de fieltro, felizmente, negra también, y, a pie, por la pulcra acera enladrillada, me dirijo a la estación. El tren pasará a las siete. Me siento en un banco, ante la puerta de la sala de espera; no se oyen ruidos; una acacia, muy cerca, columpia su ramaje, desprendiendo hojuelas doradas; una chiquilla mocosa, chata y curtida, me observa como si me fuese a retratar. Por primera vez me doy cuenta de que soy opulenta, poderosa. Revuelvo en mi saco de gamuza marrón, usado y de rota cadenilla, y alargo a la chica una peseta. La mira, me mira, y, escamada, suponiendo burla, en vez de tomarla, echa a correr. La riqueza asusta, por lo visto...

Iré en primera, por primera vez. Voy sola. El departamento está rancio de carbonilla y olores viejos de comidas grasientas. Los vidrios, embutidos y crujientes de porquería, no se abren sin esfuerzo titánico. Me siento, eligiendo un cojín que no esté salpicado de manchas equívocas.

¿Viajan así los ricos? ¡No vale la pena! Yo me procuraré el mejor auto... Y, al mismo tiempo que hago esta reflexión, se me ocurre otra, y un sudor frío me rezuma en la sien. ¿No podría el telegrama ser broma de un chusco? Paso tan mal cuarto de hora, porque si la cosa no es verosímil, aún resulta más inverosímil lo otro. Tan grande es mi angustia que, ansiando respirar, forcejeo y logro abrir una ventanilla.

El aire entra, me consuela y me replantea en la realidad. Las márgenes del Jarama son un primor de delicadeza vegetal, un paisaje exquisito, a la sepia, porque estamos en otoño. Mimbrales delgados, cañas de idilio, marañas de arbustos de hoja ya enferma, se diluyen con tonos de acuarela en la paz rubia, en la claridad muriente de la tarde corta. Los toros pastan, apacibles. El río es una serpiente gris perla, aplastada, inmóvil.

Siento el fervorín de entusiasmo que me produce siempre lo bello. Ahora que soy rica, veré el mundo, que no conozco; buscaré las impresiones que no he gozado. Mi existir ha sido aburrido y tonto (afirmo apiadándome de mí misma). Y rectifico inmediatamente. Tonto, no; porque soy además de inteligente, sensible, y dentro de mí no hay estepas. Aburrido... menos; aburrido equivale a tonto. Sólo los tontos se aburren. Contrariado, sí, ¡oh, cuánto! Mezquino, también. Cohibido, sujeto por una mano invisible. Valdría más que me hubiesen dejado en el arroyo, descalza, porque a los dos meses de mendigar, ya no mendigo, ya he resuelto mi problema. Lo malo fue que me dieron un puñado de alpiste y las obligaciones de "señorita decente". Arrinconada, sólo pude vegetar... Rectifico otra vez: ha vegetado mi cuerpo; que mi espíritu, ¡buenas panzadas de vida imaginativa se ha dado!

Entregada a mí misma, en un pueblo decaído, pero todavía grandioso en lo monumental y por los recuerdos, no hice amistades de señoras, porque a mi alrededor existió cierto ambiente de sospecha, y no atendí a chicoleos de la oficialidad, porque, a lo sumo, podrían conducirme a una boda

Weiterlesen weniger lesen

Kundenbewertungen