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El canto de la raposa von Solís, Rafael Alonso (eBook)

  • Verlag: Baile del Sol
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El canto de la raposa

La iniciación a la vida adulta mediante la conciencia de la muerte, la del padre, la propia. La de los seres que nos rodean. Muerte violenta, infligida por uno mismo a sí mismo, como la del padre, o por uno mismo a otros, moscas y hormigas primero, lagartos, ranas, ratones, pollos o conejos después, gatos, perros, cerdos y caballos, más adelante. Una experiencia ontológica de la vida gradual y acumulativa para desentrañar el sentido de la muerte. El yo que en esta novela susurra dentro de nuestras mentes es arquetipo del ser humano postmoderno, solo y uno, aparte, 'como un trozo de hielo en un vaso de agua', que ha sustituido la angustia sartriana ante la existencia por la certeza de que 'si la vida era eso', lo mejor era 'dejarla fluir con placidez'. Ese yo rememorador de un pasado que impone su ser presente alterna en este relato deliciosamente irónico con un él asesino que ejerce su trabajo con profesionalidad y arte. Hasta que un día, durante un anodino viaje a un lugar indistinguible para ejecutar un encargo más, un presentimiento le dice que esta vez tendrá que 'morir matando'. El virtuosismo narrativo de Rafael Alonso Solís nos conduce por los meandros de la mente humana con un suspense y un humor negro que nos hacen devorar estas páginas con fruición... y entender mejor nuestras vidas, a falta de poder darles un sentido. Rafael Alonso Solís (Madrid, 1947). Es catedrático de Fisiología en la Universidad de La Laguna, en la que ha desempeñado los cargos de vicerrector, director del Departamento de Fisiología y director de la Cátedra Cultural Pedro García Cabrera. En la actualidad dirige el Instituto Universitario de Tecnologías Biomédicas de esta universidad. Trabajó como investigador en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y ha sido presidente de la Sociedad Española de Ciencias Fisiológicas, fundador y primer editor de la revista Fisiología, y vocal de las juntas directivas de la Sociedad Española de Endocrinología y de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia y la Tecnología en España. Ha sido columnista de La Gaceta de Canarias y Diario de Avisos durante varios años, y ha publicado artículos de opinión y reportajes en Claves de Razón Práctica, El Día, El País, Mundo Obrero y Triunfo. En la actualidad publica una columna semanal en La Opinión de Tenerife. Ha recibido el Premio de Relatos del diario La Tarde con Algunas consideraciones en torno a Zaj (1974), el Premio Ciudad de Santa Cruz con el libro Milton Perkins (y otras historias similares) (1984), y el Premio Julio Cortázar de Relato Breve con Noches de Yugoslavia (2000), además de participar en varias antologías colectivas. El canto de la raposa es su primera novela.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 160
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788417263034
    Verlag: Baile del Sol
    Größe: 418 kBytes
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El canto de la raposa

I

Nací cuando el siglo veinte dibujaba sus últimas décadas, a finales del verano, en esa época en que el sol sofoca las conciencias y aviva el resto de los fuegos por el mismo día, casi a la misma hora y el mismo mes, en que mi padre, un año más tarde y por tenebrosa coincidencia, se diera un tajo en la garganta llenando la habitación de sangre y baba pegajosa. Si bien no supe nada acerca de ese suceso hasta varios años después, debo reconocer que, por diversos motivos, ha alcanzado una relevancia crucial en lo que se refiere a diversos aspectos de mi existencia, y puede que haya contribuido a hacer de mí una persona algo rara, aunque discreta, aficionada a la soledad, poco dada a los excesos y muy disciplinada en lo que se refiere al desarrollo de su actividad profesional.

Al parecer, mi padre murió rápidamente, dicen que sin dolor, aunque poco puede saberse acerca de lo que siente un moribundo en el momento del tránsito, en ese ámbito temporal y en esa región en los que nadie ha estado, y acerca de los cuales cualquier referencia es mera conjetura. Ni en la Biblia ni en el Corán, por citar dos fuentes clásicas de conocimiento o fantasía en torno a la trascendencia, se encuentran apuntes literarios de cierta garantía, y únicamente las distintas versiones del Libro de los Muertos, además de algunas leyendas arcaicas, los hallazgos luminosos de los poetas místicos y un par de sospechas apócrifas, se atreven a describir un paisaje vacío y en el que no debiera haber ni ruidos ni colores; solo la calma aterida por el viento, la sorpresa quizás, la amargura de lo inmenso y la ausencia de criterios morales, de puntos de vista y de ideología. Al menos, nada de eso encontraron los que fueron a retirar su cadáver varios días después del óbito, apergaminado a esas alturas y con el hedor propio de la carnaza.

Pasaron algunos años hasta que mi hermana, primero, y mi madre, después, me aclararan parcialmente la confusión que me atenazaba en todo aquello que se relacionaba con mi progenitor. Es cierto que al principio no le eché en falta, que su presencia no resultó necesaria para mi educación, y que su ausencia, por lo tanto, no tenía por qué tener repercusión alguna sobre mi vida. Poco a poco fui notando que la mayoría de las familias del entorno incluían, como elementos decorativos característicos, la presencia del padre y la madre, una o dos tías, y algunas, incluso, abuelos de ambos sexos, si bien en esa categoría solía darse una mayor proporción femenina. A las primeras preguntas acerca de mi padre solo obtuve respuestas ambiguas, cuando no el silencio. Poco más que la notificación de que había muerto el día de mi cumpleaños, el dato de que el fallecimiento había sido debido a un lamentable accidente -cuyos detalles nadie deseaba explicar-, y el aviso de que acerca de esas cosas no se debía hablar, ya que era mejor dejarlas por pasadas, olvidarlas.

Tampoco fuera de casa pude obtener mas información al respecto, aunque la forma en que miraban al suelo ante mis preguntas resultaba sugerente de algo vergonzoso que, en cierto modo, me implicaba y me hacía diferente al resto de la comunidad. Hasta que un día en que, tras arrancarme un pellejo con fruición, deleitarme con mi capacidad para resistir el dolor y admirar mi habilidad para disecar limpiamente fragmentos de piel con la única ayuda de los dientes, mi madre me miró con frialdad, se secó las manos en el delantal y sentenció sin emoción: "vas a acabar como tu padre". Aquel simple comentario, mezcla de profecía y somero desvelo de una época remota, la que se relacionaba con mis primeros días, con mi nacimiento, y quién sabe si con algún oscuro acontecimiento del pasado, me llevó a iniciar una investigación concienzuda y a desarrollar una actividad inquisitorial que no cejó hasta que mi madre, cansada por el acoso, terminara por contármelo todo, y mi tía, que había tenido la fortuna de contemplar la e

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