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El corazón del lobo von Soler, Rafael (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 11.08.2015
  • Verlag: Ediciones Evohé
eBook (ePUB)
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El corazón del lobo

Rafael Soler, autor indispensable de la literatura contemporánea en español, presentó hace treinta años esta novela que es hoy más necesaria que nunca. Un texto desmedido, retrato del alma en un mundo que, aburrido de todo, mató a dios, a las ideologías, luego a la historia, ahora al alma, mañana... ¿qué matará mañana? Evohé-Intravagantes reedita esta novela imprescindible cuyas páginas desentrañan la íntima tristeza que se refugia en el corazón de todos los humanos para desvelarnos la verdadera naturaleza y el sentido de la vida y los sentimientos de los hombres. Rafael Soler (Valencia, 1947), uno de los principales exponentes en la explosión cultural y literaria de la España de los años ochenta, es autor de libros de marcada personalidad que abarcan poesía, novela y relatos. Su obra obtuvo diversos y muy relevantes premios y fue recibida como una de las más interesantes de la nueva literatura española. A su novela El grito (1979) le seguirían libros de cuentos, el poemario Los sitios interiores (1980) y las novelas El corazón del lobo(1982, reeditada hoy en su treinta aniversario), El sueño de Torba (1983) y Barranco (1985). Tras un período de silencio de más de veinte años regresó con los poemarios Maneras de volver (2009) y Las cartas que debía (2011) así como con las recopilaciones de su obra poética HazversidadesPoéticas (2010) y La vida en un puño (2012).

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 105
    Erscheinungsdatum: 11.08.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788415415374
    Verlag: Ediciones Evohé
    Größe: 515 kBytes
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El corazón del lobo

LA NIÑA DIOSA AMANECE RADIANTE

un rayo de sol se filtra hasta la cama, y Fanny contempla cómo entran y salen de la delgada lámina de luz puntitos de polvo que danzan alocados, brillantes en una ceremonia interminable.

"Al final me dormí", piensa. Había un calor dentro, persistente, y el amoroso tacto de la sábana, y algo más que no acertaba a describir, un bienestar arrullador mientras pensaba preocupada qué ocurriría si él, tres de la mañana, se levantaba por agua y la veía con la boca abierta, roncando, hecha una bruja de ojos legañosos y pelo estropeado. Pero se durmió, "que descanses, Alber", tan distinto todo a los rápidos encuentros del cine y al incómodo juego en un asiento tapizado, tan distinto Alberto al seboso director que la acosaba, "si tú quisieras", llamándola al despacho cuando no había cartas que dictar, ni cuadros que mandar a ningún sitio, "pasa, Fanny, mujer", cerdo con pelo.

El rayo de luz avanza un poco más, y la delgada lámina es ahora un río dorado y familiar, el viejo conocido de su infancia, cuando apretaba los ojos con fuerza y al abrirlos descubría una cascada de chispitas. ¡Qué bien!, piensa Fanny, y se acuerda de Javier, el pobre, que el lunes llamará a la galería, "¿salimos?", y a lo mejor se resigna y termina en una discoteca, "¿cómo lo has pasado?". Si Javier supiera, si el bueno de Javier tuviese una varita, una botella panzuda de genio servicial, si pudiera Javier subirse al rayo luminoso que avanza implacable sobre ella para verla así, candorosamente tapada por la sábana, alegre el gesto, unida Fanny al indómito guerrero; pero Javier extravió su varita, o no la tuvo nunca, o alguien quemará para él todas las varitas que en el mundo han sido, "pues bien, muy bien, lo pasamos fenómeno". Además, piensa Fanny, no hace ni tres meses que salimos. Y puede escuchar, acompasado, el corazón de Alberto.

Lo primero que hizo Fanny al levantarse fue comprobar que estaba entera, y que no había en su cuerpo rastro alguno; "ni siquiera he manchado", pensó. Sor Loreto Loretón era una estúpida: la entrega no se traduce en una pérdida de tersura de la piel, ni del brillo de los ojos, ni la coloración de las mejillas: ella estaba radiante, más que ayer, como una rosa.

-Alber...

Tiene Fanny, otra vez, la sensación de haber perdido al capitán. Le besa, sí, y hay un rastro de fuego en su lengua intrépida; y hasta reacciona como un junco cuando invade ella la zona prohibida, stop, don't walk. Pero Alberto tiene la cabeza en otra parte, y a lo mejor es la huella que el tiempo dejó en uno de sus dedos, el círculo blanco que anoche, absorto él por los vaivenes del amor, besó Fanny sin saber por qué. Pero un trato es un trato, piensa, nada de preguntas, "¿estás casado?", "¿tienes hijos?", "¿bebes?", que segurísimo que sí.

Son casi las once, y la playa se va salpicando lentamente de bañistas -"¡con este tiempo!", dice Fanny-, pequeños grupos que charlan animadamente acercándose a la orilla. Un niño descalzo corre veloz -piso, no piso- entre los charcos de agua, y Fanny se acuerda de Terete y Luisa, que estarán como lagartos al sol embadurnadas de la nariz a los talones.

-Voy a cambiarme -decide.

El aire es templado, y una ola rompe tímida y fugaz junto al grupo de bañistas que ofician su culto al sol, mientras Santa Sinforosa y sus siete hijos mártires se congregan para enderezar una sombrilla, y abrir el abanico multicolor que forman las toallas y la mesita roja donde ahora colocan una cesta grande, un rito que en nada se parece al riguroso luto que, debería ser así, preside un día como este, miércoles ya.

Cuando sale, Alberto está sentado en la terraza.

-Te espero abajo -se despide-. No tardes.

Al fondo, dibujada sobre el limpio azul del horizonte, una gavi

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