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El heredero de Tartessos von Aizpiri, Arturo Gonzalo (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 02.11.2014
  • Verlag: Ediciones Evohé
eBook (ePUB)
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El heredero de Tartessos

Una tarde de comienzos de verano, junto a un cruce de caminos en el corazón de los montes ólcades, un joven celtíbero es testigo de un combate entre soldados cartagineses y guerreros oretanos. El celtíbero se ve impulsado a tomar partido, y esa decisión lo conducirá a conocer aspectos insospechados de su propio pasado y a jugar un papel protagonista en los trascendentales acontecimientos que están a punto de cambiar el destino de Ispania. La huella del legendario reino de Tartessos, el avance irresistible de Amílcar Barca por el valle del Betis y la resistencia desesperada de la ciudad íbera de Hélike, se entrelazan en un fascinante fresco histórico, que recrea aquel tiempo en que las serranías del interior de la península ibérica se convirtieron de pronto en el escenario decisivo de la lucha por el poder en el mundo antiguo.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 905
    Erscheinungsdatum: 02.11.2014
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788415415077
    Verlag: Ediciones Evohé
    Größe: 1176kBytes
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El heredero de Tartessos

C APÍTULO II

"¿Tartessos? ¿Habré entendido bien? ¿Cómo puede este hombre saber nada de eso?" El joven se sacudió el estupor con una creciente sensación de peligro y, cambiando de intención, recuperó las cabezas de los púnicos, saltó a la grupa del caballo tras el herido y suspiró aliviado cuando vio que el animal respondía a la presión de sus talones y se encaminaba mansamente hacia el oeste.

Un rugido de ira le reveló que sus víctimas habían sido halladas. "Ya resolveremos los enigmas más tarde, si es que consigo salvar el cuello. Ahora debo hacerles perder el rastro". No tardó en alcanzar un arroyo por cuyo cauce condujo al caballo pendiente arriba, atento a cualquier señal que le hiciera saberse perseguido, pero durante largo rato no escuchó otro sonido que el amortiguado chapoteo de los cascos del alazán entre las piedras y el rumor del agua.

Llegó al fin a un punto en que el arroyo cambiaba bruscamente de curso, obligado por una pared vertical de arenisca que retrocedía en su base formando el profundo abrigo en que había pasado las últimas noches; pudo oler las cenizas del fuego que le había ayudado a mantener a raya a las criaturas del bosque. Guardó silencio tratando de percibir algún signo de peligro. Se echó el herido al hombro y lo tendió boca abajo en el lecho de arena del refugio, ató después la brida del caballo a un pino junto a la entrada. "Ahora la espalda", se dijo arrodillándose junto al íbero. A la luz mortecina del anochecer comprobó que el impacto había sido amortiguado en gran medida por el manto de piel, y la flecha había tocado hueso después. "Has tenido suerte", murmuró mientras la extraía de un tirón. La herida empezó a sangrar copiosamente empapando la espalda del herido. La lavó con agua del arroyo y la propia capa del oretano, lamentando no tener un lienzo limpio. Cuando terminó, comió un puñado de bellotas y repasó mentalmente los acontecimientos de aquella tarde, congratulándose de su buena suerte.

Sintió que le inundaba toda la fatiga del día; un momento después dormía tendido a un paso del oretano.

Al despertar se le vinieron encima en tropel los acontecimientos de la jornada anterior; se irguió y miró hacia la entrada del abrigo temiendo ver a los cartagineses avanzando hacia él. Pero no había nadie, tan solo el caballo, que le observaba impertérrito, recortándose contra el alba. Sabía que habría debido mantenerse en vela, pero se había sentido tan exhausto que no pudo hacer otra cosa que abandonarse a la protección de la fortuna. Extendió el brazo y sonrió al comprobar que el cuerpo del oretano estaba aún caliente. Vivía. "Vivimos los dos, tengo dos cabezas púnicas y un caballo. Y un montón de preguntas esperando respuesta. Vamos allá, antes de que nos encuentren". Se acercó al arroyo y bebió a grandes tragos el agua fría del monte. Volvió con un cuenco lleno y se arrodilló junto al extraño, contemplando la herida de su espalda con aire crítico. No parecía estar tan mal. Había perdido mucha sangre, por supuesto, y aún podía morirse en cualquier descuido, pero probablemente saldría adelante si conseguía llevarle pronto y sin contratiempos hasta la aldea. Debían ponerse en marcha cuanto antes.

-¡Eh, tú, forastero, despierta! -dijo, empujándolo con suavidad.

El herido gimió tenuemente y abrió los ojos. Trató de hablar, pero la voz se le hundió en la garganta.

-Toma, bebe un poco, debes de haberte quedado seco como un muerto.

Le acercó el cuenco a los labios y el hombre bebió con avidez; después torció el gesto en un rictus de sufrimiento.

-¿Puedes hablar?, ¿me entiendes?

El oretano asintió.

Aunque como todos en su aldea hablaba algunas palabras de íbero, le alegró poder utilizar su lengua; se llevó la mano al

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