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El hombre de la mirada elevada von Costas, Man (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 11.11.2015
  • Verlag: Ediciones Oblicuas
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El hombre de la mirada elevada

El hombre de la mirada elevada, el protagonista anónimo de esta infrecuente novela, vive condicionado por una particularidad orgánica que le ha impedido relacionarse con su entorno de una forma normal. Esta peculiaridad consiste en la naturaleza insólita de su mirada, cuya fuerza lo empuja a observar con un detenimiento y minuciosidad enfermiza aquello que lo rodea, hasta el punto de hallar millones de matices en cada objeto en el que deposita dicha mirada. Su vida trascurre lo más apartada posible de la sociedad con el fin de no violentar con sus silencios y con su más que escrutadora mirada a las personas de su entorno, sin embargo, cuando conoce a Berta, una mujer que parece padecer (o disfrutar) de la misma anomalía que él, su percepción de sí mismo se trasforma.

Man Costas nació en Barcelona en 1957, ciudad en la que reside en la actualidad. Ha sido fotógrafo durante más de veinte años, durante los cuales ha trabajado entre otras muchas empresas y asociaciones para El Vigía o la UNESCO. En 1997 publicó su primera novela, La mirada cautiva, y desde entonces ha escrito varios relatos y canciones. El hombre de la mirada elevada (Ediciones Oblicuas, 2015) es su segunda obra publicada hasta la fecha.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 150
    Erscheinungsdatum: 11.11.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788415824893
    Verlag: Ediciones Oblicuas
    Größe: 2394kBytes
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El hombre de la mirada elevada

Berta

¡Cómo no hablar de Berta!

El recuerdo más dulce, el más doloroso. La única mujer. Se alejó de mi lado hace ya unos años, pero nunca ha abandonado mi vida. Su imagen se desdibuja y por la memoria desfilan unos rasgos tras otros a velocidad inaprensible, que en algún momento se detienen, componiendo entonces un retrato perfecto y fugaz. Es curioso, porque es el único rostro que se me resiste. Aún más difícil me resulta reproducir su voz. Su tono, su cadencia, su timbre, se pierden en el tiempo, y si raramente vuelven es como un regalo inesperado, ajeno a mis esfuerzos y a mi deseo.

Al recordar, tarde o temprano me acerco a Berta.

Cuando la conocí, había vivido lo suficiente como para no albergar dudas sobre mi propia naturaleza, es decir, sabía de sobra que nunca llegaría a dominar la mirada, más al contrario, sabía que el futuro avanzaría, de un modo u otro, bajo su tutela. Nadie hasta ese momento había reflejado mi "defecto" con tanta vehemencia y al mismo tiempo lo había aceptado con tanta naturalidad. Y es que, si en ella me vi como creo que deben de verme los demás, fue porque no existió rechazo ni fingimiento alguno. Su sinceridad me atrapó.

Me acogió, como yo la acogí a ella, porque Berta, vista desde fuera, era tan rara como yo.

Pasaron semanas desde que nos vimos por primera vez en la calle Nueva hasta que nos encontramos cara a cara. Nos cruzamos antes docenas de veces, y no sé si por timidez o porque realmente aún sentía extraña su mirada (como si no supiera que la mía lo era igualmente), mantuve la distancia. No me decidí a buscar sus ojos hasta mucho después de descubrirlos mirando fijamente el desconchado en forma de mariposa bajo el balcón central de la fachada del número treinta y siete, que yo había observado en tantas ocasiones. Fue eso lo que me inquietó. Y también su gesto -la cabeza hacia delante, los brazos caídos, la boca medio abierta-, tan ausente de quienes la rodeaban.

Otras veces la vi contemplando el artesonado de un portal cercano, también mirando el lecho de hojas amarillentas que los árboles habían dejado caer sobre la acera. Siempre estática. O frente al aparador de la vieja relojería que había cerca de casa y que era uno de mis lugares preferidos. O con el cuello estirado hacia una nube. Hasta que una mañana de octubre coincidimos ante la pequeña hornacina de la virgen negra de Guadalupe que hay sobre la fuente en la esquina de la calle Mayor con la del Pino.

Sin apenas mirarnos -resultaba obvio que a ambos nos interesaban más las cosas que las personas-, intercambiamos cuatro palabras, no recuerdo cuáles. Suficiente para que la siguiente ocasión en que nos vimos no resultase producto del azar, si es que en algún momento este había tenido algo que ver, porque aquellas pocas palabras no habían sido sino una declaración de mutuo reconocimiento.

Así dio comienzo una relación que iba a durar más de dos años, en los que reconozco la mayor pasión, y también, al final, la mayor tristeza.

Era una mujer grande, casi tan alta como yo, de mi edad aproximadamente. Nada al verla hacía pensar en la gordura, y sin embargo su principal rasgo físico era el volumen. Los hombros eran más anchos que los míos, también sus rodillas; sus manos, casi. Pero nada resultaba desproporcionado, ni fofo, ni siquiera sus pechos grandes y caídos, ni sus piernas rotundas, ni sus brazos interminables. Incluso su cabeza era grande. Aun así, el conjunto resultaba curiosamente armónico, al menos a mí me lo parecía.

Pero estoy yendo demasiado rápido, porque aún no conocía su cuerpo como llegué a conocerlo, milímetro a milímetro. Quizás sería mejor mencionar su pelo castaño ribeteado de destellos cobrizos, ni corto ni largo, siempre enmarañado en una especie de infantil desaliño; su prominente mandíbula; su nariz robusta pero afilada; su boca ancha que tendía a la sonrisa apagada. O sus ojos pequeños -estos sí- a

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