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El paisaje en el espejo von Cortez, Eduardo Reyes (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 17.03.2015
  • Verlag: Editorial Bubok Publishing
eBook (ePUB)
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El paisaje en el espejo

A la muerte de su abuelo cambia el mundo del personaje protagonista. Pasará de una vida monótona a una nueva etapa de gran crecimiento personal gracias a lo aprendido de las vivencias de su abuelo.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 330
    Erscheinungsdatum: 17.03.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788468662848
    Verlag: Editorial Bubok Publishing
    Größe: 727kBytes
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El paisaje en el espejo

7

El fin de semana pasó rápidamente en compañía de sus amigos.

Cuando se despidieron, Celeste le dijo al oído:

-No la dejes mucho tiempo en soledad, te espera.

Él le sonrió nervioso.

Gerardo lo abrazó y también le dijo al oído:

-Quiero que hablemos acerca de esta casa, ¿de acuerdo?

-Sí, por supuesto -respondió, advirtiendo por primera vez un cierto interés por parte de él.

"¿Qué habrá visto Gerardo en la casa?"

El auto se fue custodiado por Merlín, que los acompañó dando saltos, mostrando sus últimas piruetas.

"¿Cuál será mi próximo paso?"

Durmió como solo en ese lugar podía hacerlo, plácidamente.

Se bañó, bajó, miró de reojo y todo estaba en orden. Tomó café, y salió.

Pasó por la panadería para encargar el pan, ése era el pretexto. En realidad, quería saber qué sentía al ver los ojos de Catherine y descubrir algún indicio en los de ella. Cuando entró, lo recibió una oleada de aroma de pan recién horneado y el brillo de los ojos más bellos del mundo.

Se miraron, estuvo atento a todo lo que se desataba en su interior, o lo que ella le provocaba. No podía dejar de mirarla a los ojos, ni ella tampoco a él. No dijeron palabras, sobraban. Se acercaron en cámara lenta, el salón estaba vacío. Había como testigo pan flauta, pan de campo, con una costrita que daba ganas de partirlo en ese instante, y algo de pastelería que también aportaba a la escena con su aroma dulzón embriagador. Cuando estuvieron bien cerca, ahí solo pestañaron, se confundieron en un mirar, en un contemplar que solo entiende un enamorado. Como abeja sobrevolando la flor elegida, como la gota de agua que se une al océano, como las perlas de la lluvia acariciando la tierra hasta dejarla toda mojada. Como el sol que busca desde temprano la vida y la abraza con su luz, apartándola de toda oscuridad, la cual se esconde detrás de las cosas, como queriendo burlarse del sol, como no queriéndose ir.

Los interrumpió el grito del panadero, que dio vuelta la pala con pan recién sacado. Rieron nerviosos, pues los dos comprendieron que lo que sentían había quedado al descubierto, que no valía la pena esconderlo, y la verdad era que no lo querían esconder.

-¿A qué horas sales? -le pregunto Tony casi al oído.

-Estoy hasta la tarde, saldré a eso de las cinco. ¿Por qué?

-¿Te puedo pasar a buscar?

-Me gustaría- dijo ella casi susurrando, a sabiendas de que ponía cadenas en el corazón de él.

"Y qué importan las cadenas si quieres volar, las cadenas del amor son invisibles y no pesan, no cortan la libertad, pues has renunciado a lo que te es prohibido. Qué importa que no puedas salir con otras mujeres, si al cabo que no quieres, qué importa que solo tengas que pensar en ella, si es lo que más quieres. Qué importa que le tengas que comentar dónde vas o dónde estuviste, si lo único que quieres es que sepa todo de ti. Qué importa si cuando vayas al cine, cuando vayas a tomar algo, ella estará siempre presente desde ahora y para siempre, si así es como tú quieres. ¿Son cadenas, entonces? Sí, son cadenas, soy un feliz encadenado a tu corazón, soy un dichoso encadenado que puede volar, que puede remontar a cielos que jamás creyó que existieran y que solo lo puedo ver gracias a la luz de tus ojos. Ahora, el caminar se vuelve como un deambular sin tu presencia, pero cuando mi corazón te recuerda vuelvo a remontarme a ese cielo que descubrí, a ese cielo que me enseñaste a conocer"

Pareció solo un instante, pero la realidad marcaba cuarenta y cinco minutos mirándose a los ojos. Tony salió y ya le pesaba irse, aún le quedaban casi como siete horas de penumbras hasta volver a su Sol.

Se encaminó a la ferretería, sabía que el padre de Catherine, le podría decir dónde encontrar a don Mario, el amigo del abuelo. Efectivamente, le indicó cómo hacerlo. Don Mario era un hombre de unos ochenta años, regordete, casi calvo, se

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