text.skipToContent text.skipToNavigation
background-image

El saludo de las brujas von Bazán, Emilia P. (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 29.06.2015
  • Verlag: Booklassic
eBook (ePUB)
0,99 €
inkl. gesetzl. MwSt.
Sofort per Download lieferbar

Online verfügbar

El saludo de las brujas

Un amor apasionado que se vuelve imposible. La historia de un príncipe que no amaba a su esposa la cual termina yéndose con un plebeyo. Las calles de París están en esta novela invadidas de intrigas, conspiraciones e ambiciones...

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 119
    Erscheinungsdatum: 29.06.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9789635261925
    Verlag: Booklassic
    Größe: 499kBytes
Weiterlesen weniger lesen

El saludo de las brujas

Capítulo 1 Los enviados

La campanilla de la puerta repicó de un modo tan respetuoso y delicado, que parecía un homenaje al dueño de la casa; y el criado, al abrir la mampara de cristal, mostró sorpresa -sorpresa discreta, de servidor inteligente- al oír que preguntaban:

-¿Es buena hora para que Su Alteza se digne recibirnos?

El que formulaba la pregunta era un señor mayor, de noble continente, vestido con exquisita pulcritud, algo a lo joven; el movimiento que hizo al alzar un tanto el reluciente sombrero pronunciando las palabras Su Alteza , descubrió una faz de cutis rosado y fino como el de una señorita, y cercada por hermosa cabellera blanca peinada en trova, terminando el rostro una barba puntiaguda no menos suave y argentina que el cabello. Detrás de esta simpática figura asomaba otra bien diferente: la de un hombre como de treinta años, moreno, rebajuelo, grueso ya, afeitado, de ojos sagaces y ardientes y dentadura brillante, de traje desaliñado, de mal cortada ropa, sin guantes, y mostrando unas uñas reñidas con el cepillo y el pulidor.

El criado, sin responder a la pregunta, se desvió, abriendo paso a los visitantes; y precediéndoles por el recibimiento, alzó un tapiz y les introdujo en una salita, donde ardía buen fuego de leña, al cual se llegó vivamente el mal pergeñado, levantando el ancho pie para calentar la suela de la bota. Una ojeada severa de su respetable compañero, no le impidió continuar exponiendo a la llama los dos pies por turno y a la vez examinar curiosamente el aposento. El capricho y la originalidad de un artista refinado se revelaban en él. Proscritos los mezquinos cachivaches que llaman bibelots , y también los pingos de trapería vieja, que si los apaleasen despedirían nubes de polvo rancio, no se veía en las paredes, cubiertas de seda amarilla ligeramente palmeada de plata, más que dos retratos y un cuadro: cierto que los retratos llevaban la firma de Bonnat, y el cuadro era una soberbia Herodías de Luini, reputada superior a la de Florencia. La chimenea, de bronce, lucía cinceladuras admirables, y hasta las rosetas de plata que sujetaban los pabellones de los muebles estilo Imperio, eran primorosas de forma y de labor. Daba pena ver hincarse en el respaldo de uno de aquellos sillones de corte de nave las garras sospechosas del mal trajeado, y el de la cabellera nívea le miró otra vez, como si dijese: "Vamos, haga usted favor de no manchar la tela... ". Sólo consiguió provocar un imperceptible movimiento de hombros, entre desdeñoso y humorístico.

Los retratos atraían la atención del desaliñado. Parecíale que uno de ellos representaba a cierto conocidísimo personaje: nada menos que el augusto Felipe Rodulfo I... No vestía, en el retrato, el brillante uniforme de coronel de húsares, ni lucía placas, cordones y bandas, ni ostentaba signo alguno de su elevada condición: burguesa levita negra, abierta sobre blanco chaleco, modelaba el tronco y acusaba su forma peculiar, el pecho arqueado, los caídos hombros, el cuello un poco rígido, la apostura no exenta de altivez que caracterizaba al soberano de Dacia. Sorprendente era el parecido de la cabeza, copiada tal cual debió de ser allá en verdes años: el rostro pálido, de óvalo suave, de facciones casi afeminadas, de boca diminuta, sombreada por un bigotillo rubio ceniza, de ojos de un azul de agua con reflejos grises; y, únicos rasgos enérgicos y viriles, la nariz bien delineada, de anchas ventanas, y en la garganta muy saliente la nuez. Sin embargo, el que contemplaba la pintura, volviéndose hacia el señor mayor, murmuró con extrañeza:

-Duque, este no es el Rey.

-¡Por Dios! Si está hablando Su Majestad... Como que así le recuerdo, así, cuando yo era capitán de Guardias...

-Pero ¡por el diablo!, ¿no ve usted que este retrato viste a la última moda? ¿No se fija usted en el peinado, en

Weiterlesen weniger lesen

Kundenbewertungen