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Episodios nacionales II. La segunda casaca von Galdós, Benito Pérez (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 31.08.2010
  • Verlag: Linkgua
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Episodios nacionales II. La segunda casaca

La segunda casaca es la tercera novela de la segunda serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Galdós nos retrata con gran precisión en este episodio nacional uno de los vicios políticos más antiguos, el transfuguismo o lo que se llama comúnmente 'cambiar de chaqueta'. Juan de Pipaón, protagonista del anterior episodio, continua narrándonos sus correrías, iniciadas en el anterior relato Memorias de un cortesano de 1815. Leyendo sus ficticios recuerdos somos espectadores de primerísima fila de los tejemanejes con los que se quitaban y ponían consejeros, ministros y cualquier cargo del estado. Por su parte, Salvador Monsalud, también protagonista de esta segunda serie de los episodios de Galdós, ha regresado a España y se presenta a su viejo amigo Pipaón, a quien solicita su mediación para liberar a su anciana madre, que se halla presa y está siendo torturada por la Inquisición en Logroño. Benito Pérez Gáldos (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920). Benito Pérez Gáldos era el menor de los diez hijos de Sebastián Pérez Macías, teniente coronel del Ejército, y María Dolores Galdós Medina, hija de un antiguo secretario de la Inquisición. Como estudiante de bachiller, en el colegio de San Agustín, Galdós evidenció afición por la música y la pintura. En 1861 escribió sus primeros textos, y un año después inició colaboraciones literarias con el bisemanario El Ómnibus, de Canarias. Al año siguiente se trasladó a la capital española para estudiar derecho en la Universidad de Madrid. Allí realizó colaboraciones con el semanario La Nación y la Revista del Movimiento Intelectual de Europa, y conoció a Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, el cual le alentó en sus propósitos literarios. Tras sus viajes a París, en 1867 y 1868 (como corresponsal de la Exposición Universal), Galdós profundizó en la obra de Balzac y tradujo a Dickens (Papeles póstumos del club Pickwick); en Madrid, pudo presenciar la abdicación de Isabel II (1868) y el ascenso del progresista general Prim. En 1870, tras conocer a Clarín, Galdós escribió sus primeras novelas de influencia romántica y siguió publicando artículos en La Revista de España, en la cual fueron apareciendo después, por entregas, su segunda y tercera novelas. Posteriormente, también publicaría sus relatos en La Ilustración de Madrid. Siendo ya director de La Revista de España, desde 1872, Galdós pasará los veranos en Santander, donde, ese mismo año, conocerá a Mesonero Romanos, de cuyo contacto obtendrá mucha información para sus Episodios nacionales. La escena política española era convulsa: asesinado Prim, Amadeo de Saboya subió al poder durante tres años escasos, siendo obligado a abdicar ante la venida de la I República. La situación era propicia para que Galdós se entregara a la escritura de Los Episodios nacionales, que ocupó casi todo su tiempo entre 1873 y 1876, año en que comenzó a escribir sus primeras novelas de trasfondo social. Tras el golpe de Estado de 1875, el resto de su vida transcurrirá ya bajo la reinstaurada monarquía borbónica de Alfonso XII y, tras su muerte (1885), con la regencia de María Cristina de Habsburgo. Después de 1876, Galdós iría escribiendo su ingente producción simultaneando los Episodios, las novelas, los relatos, el teatro y las crónicas.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 186
    Erscheinungsdatum: 31.08.2010
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788490072523
    Verlag: Linkgua
    Größe: 388 kBytes
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Episodios nacionales II. La segunda casaca

V

El incidente que he referido dejó de preocuparme al siguiente día, y poco a poco fue olvidado por completo. Salgamos ahora de mi casa y veamos cómo andaban las cosas públicas en aquellos días, que eran los últimos de octubre de 1819, a los once meses de la sangrienta conspiración de Vidal en Valencia y a los cuatro de los sucesos del Palmar.

Grandes mudanzas habían ocurrido en la corte desde 1815 a 1819. En tan breve tiempo Fernando se había casado dos veces, la primera, con Isabel de Braganza (cuyas bodas concertó en el Brasil Fray Cirilo de Alameda y Brea, enviado secreto de Su Majestad Católica), la segunda, con María Amalia de Sajonia, hermosa y desabrida, humilde y bondadosísima, devota y también algo poetisa. Mientras reinó Isabel, la influencia política de los criados mermó mucho en Palacio, y este fue lo que debía ser, una vivienda de Reyes; pero desde diciembre del 18, en que Dios se llevó de la tierra a la insigne Princesa, las culebras de la camarilla empezaron a recobrar su imperio. Sin embargo, ni Alagón ni Chamorro fueron tan poderosos. Ramírez de Arellano y un tal Villar Frontín, antiguo escribano del resguardo, eran los que se comían el Reino crudo.

Nueva gente se encontraba en las oficinas, en los Consejos, en Palacio, y los ministros variaban a menudo; que no es la inconstancia don peculiar de los poderes constitucionales. En seis años vi bajar y subir tantos, que casi se pierde la cuenta de ellos. Ceballos se hundió en octubre de 1816. Don Tomás Moyano había desaparecido también del escenario, cayendo en la oscuridad, de donde jamás volvió a salir, quedando tan solo, cual muestra de su paternal administración, los mil y un parientes que en su breve poltronazgo sacó de la miseria y soledad del campo; don Francisco Eguía también dejó por algún tiempo al ejército huérfano de su protección. Hubo un divertido minueto de señores ministros de la Guerra durante corto plazo, porque a Eguía sucedió Ballesteros, a Ballesteros el marqués de Campo Sagrado, y al marqués de Campo Sagrado otra vez el señor Eguía, sin cuya coleta parecía no poder existir la atribulada Nación. La Marina había perdido a Cisneros, y era gobernada por Figueroa. Desgraciada andaba la marina en aquellos tiempos, pues para que su orfandad fuera completa, también perdió en abril de 1817 a aquel imponderable terror de los mares, el Infante don Antonio Pascual, de quien dijo el poeta:

¡Neptuno, Tetis, Céfiro y Favonio,

Eterno mostrarán llanto abundante,

Pues falleció el Infante don Antonio!!!

Así terminaba el soneto que al triste suceso dedicó don Diego Rabadán, el primero de los poetas de aquel tiempo, Rioja de los líricos y Herrera de los heroicos, hombre de esclarecido ingenio, gloria de su época, y al cual la envidiosa posteridad ha tratado injustamente, equiparándolo al don Hermógenes de Moratín... ¡Como si no fuera la mejor pieza del mundo aquel célebre soneto en que, para decir que don Antonio había muerto de pulmonía, se manifestaba que el cierzo quiso dar testimonio de su aridez ,

arruinando a la España su Almirante!

No puede darse imagen más hermosa ni entonación más robusta que la de aquel comienzo:

Ya vencidos de Acuario los rigores

que aprisionan a líquidos cristales...

Pero llevado de mi afición a la poesía y a los buenos poetas de mi tiempo, me he apartado de lo que estaba tratando, y era, si no recuerdo mal, los cambios de ministros. Don Felipe González Vallejo, a quien pusimos en Hacienda, salió como había entrado, es decir, que se lo llevó un viento cortesano, y el pobrecito con ser tan inocentón y tan para poco, no se libró del destierro. Entonces era común que a todos los caídos les recetaran un paseo higiénico para recobrar las fuerzas gastadas en el servicio de la patria. Sucediole Ibarra, luego López Araujo, que apenas sabía leer y escribir, y al fin entró el célebre don Ma

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