text.skipToContent text.skipToNavigation
background-image

Episodios nacionales III. Mendizábal von Galdós, Benito Pérez (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 31.08.2010
  • Verlag: Linkgua
eBook (ePUB)
2,99 €
inkl. gesetzl. MwSt.
Sofort per Download lieferbar

Online verfügbar

Episodios nacionales III. Mendizábal

Mendizábal es la segunda novela de la tercera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. El título hace referencia a Juan Álvarez Mendizábal, uno de los políticos más importantes de la historia de España. La razón de su celebridad tal vez se deba a que su famosa Desamortización es uno de los episodios históricos más conocidos de todo el siglo XIX. La novela cuenta la ardua y aventurera vida de este personaje que fue, entre otras cosas, proveedor del ejército nacional, exiliado en Inglaterra, pieza clave en la política portuguesa de su tiempo y uno de los políticos que mayor expectación suscitó. Paralelamente, conoceremos al personaje de Fernando Calpena, sucesor de pasados personajes como Gabriel (en la primera serie) y Salvador Monsalud (en la segunda), con cuya llegada a Madrid se inicia la novela. En estas primeras páginas nos vamos a encontrar con otro personaje fundamental, el cura Hillo, compañero de pensión primero y luego de todo tipo de aventuras político-sentimentales. La instalación de Calpena en Madrid, su oscuro pasado y más extraño presente, nos lleva a conocer otros ambientes de la capital, con referencias al mundillo cultural del momento, todo ello tratado con grandes dosis de romanticismo, al estilo de la época. Benito Pérez Gáldos (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920). España. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, el 10 de mayo de 1843, Bénito Pérez Gáldos era el menor de los diez hijos de Sebastián Pérez Macías, teniente coronel del Ejército, y María Dolores Galdós Medina, hija de un antiguo secretario de la Inquisición. Como estudiante de bachiller, en el colegio de San Agustín, Galdós evidenció afición por la música y la pintura. En 1861 escribió sus primeros textos, y un año después inició colaboraciones literarias con el bisemanario El Ómnibus, de Canarias. Al año siguiente se trasladó a la capital española para estudiar derecho en la Universidad de Madrid. Allí realizó colaboraciones con el semanario La Nación y la Revista del Movimiento Intelectual de Europa, y conoció a Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, el cual le alentó en sus propósitos literarios. Tras sus viajes a París, en 1867 y 1868 (como corresponsal de la Exposición Universal), Galdós profundizó en la obra de Balzac, tradujo a Dickens (Papeles póstumos del club Pickwick); en Madrid, pudo presenciar la abdicación de Isabel II (1868) y el ascenso del progresista general Prim. En 1870, tras conocer a Clarín, Galdós escribió sus primeras novelas de influencia romántica y siguió publicando artículos en La Revista de España, en la cual fueron apareciendo después, por entregas, su segunda y tercera novelas. Posteriormente, también publicaría sus relatos en La Ilustración de Madrid. Siendo ya director de La Revista de España, desde 1872, Galdós pasará los veranos en Santander, donde, ese mismo año, conocerá a Mesonero Romanos, de cuyo contacto obtendrá mucha información para sus Episodios nacionales. La escena política española era convulsa: asesinado Prim, Amadeo de Saboya subió al poder durante tres años escasos, siendo obligado a abdicar ante la venida de la I República. La situación era propicia para que Galdós se entregara a la escritura de Los Episodios nacionales, que ocupó casi todo su tiempo entre 1873 y 1876, año en que comenzó a escribir sus primeras novelas de trasfondo social. Tras el golpe de Estado de 1875, el resto de su vida transcurrirá ya bajo la reinstaurada monarquía borbónica de Alfonso XII y, tras su muerte (1885), con la regencia de María Cristina de Habsburgo. Después de 1876, Galdós iría escribiendo su ingente producción simultaneando los Episodios, las novelas, los relatos, el teatro y las crónicas. Galdós trabó estrecha amistad con Emilia Pardo Bazán en 1883, el mismo año en que vio rechazada su candidatura a la Academia Española, tras lo cu

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 216
    Erscheinungsdatum: 31.08.2010
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788490072172
    Verlag: Linkgua
    Größe: 428 kBytes
Weiterlesen weniger lesen

Episodios nacionales III. Mendizábal

I

Al anochecer de aquel día, el no sé cuántos de septiembre del año 35 (siglo XIX), llegó puntual al parador de no sé qué , calle de Alcalá, entre la Academia y las Monjas Vallecas, la diligencia, galerón o quebrantahuesos ordinario de Zaragoza, que traía los viajeros de Francia por la vía de Olorón y Canfranc, único portillo que dejaban libre en aquellos tristes días los porteros del Pirineo, vulgo facciosos.

No bien pararon las ruedas del polvoriento armatoste, fue cercado de gentes diversas: por una parte, familia o amigos de los pasajeros; por otra, intrusos, ganchos o buscones enviados por fondas y posadas. Con este contingente y los viajeros que iban bajando perezosos, según les permitían sus remos entumecidos, se formó al instante un apelmazado y bullicioso grupo. Produjéronse rumores diferentes: aquí salutaciones cariñosas; allí el restallido del besuqueo y los palmetazos del abrazarse; acullá ofertas importunas de pupilajes cómodos y baratos. Entre tantos viajeros, solo uno no tenía quien le esperase: nadie se cuidaba de él ni le decía por ahí te pudras , como no fueran los moscones de las casas de huéspedes. Era el tal un joven de facciones finas y aristocráticas, ojos garzos, bigotillo nuevo, melena rizosa y negra, que sería bonita cuando en ella entrara el peine y se limpiara del polvo del camino. Su talle sería sin duda airoso cuando cambiara el anticuado y sucio vestidito de mahón por otro limpio, de mejor corte. En lo más claro del grupo quedose como atontado palomino, contemplando el bullanguero tropel de gente descuidada y ociosa que por la calle a tales horas discurría. ¡Pobrecillo! Solo y sin maestro ni amigo a quien arrimarse, se lanzaba en aquel confuso laberinto; sin duda entraba gozoso y valiente, con la generosa ansiedad del mozuelo de veinte años a quien ha quitado el sueño y las ganas de comer, en las aburridas soledades de la aldea, la visión de la Corte y de sus placeres y grandezas, tal y como las aprecian desde lejos los que empiezan a vivir, los que se hallan en pleno retoñar de ideas tempranas, producto fresco de las primeras lecturas, de las primeras pasiones, de la ambición primera, que tanto se parece a la tontería.

Embobado, como digo, estaba el hombre, contemplando el ir y venir de vagos bien vestidos, cuando le hizo volver en sí una voz bronca y desapacible que en el corro gritaba: "¡don Fernando Calpena! ¿Quién es Don Fernando Calpena?".

-No vocee usted tanto, que soy yo -dijo el mancebo, un tanto asustadico-. ¿Qué se le ofrece?

-Véngase conmigo, señor -replicó el otro, como sin ganas de entrar en explicaciones-. Tengo el encargo de llevar a usted a una casa de huéspedes.

-¿Encargo?, ¿de quién?... ¿Se puede saber?

-Del señor don Manuel, el segundo jefe de la Superintendencia.

-¿don Manuel?... A fe que no le conozco.

Recordando haber oído ponderar lo que abundan en Madrid los ladrones, pícaros y toda la caterva de gente perdida y maleante, tuvo Fernandito algo de miedo, y miró con recelo al que parecía, si no protector, mensajero de desconocidas influencias tutelares; y en verdad que el pelaje, la carátula y el vocerrón de aquel sujeto no eran para infundir tranquilidad. El desconocido distinguiríase entre mil por la pátina de su cara sudosa, afeitada de ocho días; por los ojos ribeteados de bermellón; por la boca desmedida y los labios con hemorroides; por los ojos de carnero moribundo; por la ropa, que habría sido decente en otro cuerpo y en remotas edades; por el sombrero de copa, que su oficio le obligaba a usar, y era de catorce modas atrasado. Rasgo final: usaba bastón de nudos con gruesa cachiporra.

"¿Y el equipaje del señor?...".

-Ya lo han bajado... Vea usted aquel baúl largo, forrado de cabra... Así, con poco pelo... No podremos llevarlo hasta que no me lo despachen los de la Aduana.

-¡Los de la Aduana! -exclamó con visible des

Weiterlesen weniger lesen

Kundenbewertungen