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Francisco El Ingenio o las Delicias del Campo von Romero, Anselmo Suárez y (eBook)

  • Verlag: Linkgua
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Francisco

No fue Francisco mi primera producción literaria; pero solamente había escrito los cuadros titulados Una noche de retreta, Un viejo impertinente, Un recuerdo, y Carlota Valdés, cuando emprendí, en 1838 y acabé en 1839, aquella novela, excitado por Domingo del Monte, a quien había pedido Mr. R. Madden algunas composiciones de escritores cubanos con objeto de saber el estado de la opinión acerca de la trata y de los esclavos, entre los jóvenes pensadores de Cuba. ... Cuando publiqué mi Colección de artículos, en 1859, quise que entrasen a componer parte de ella los Fragmentos. El censor los rechazó apenas hubo leído los primeros párrafos, y si siempre había comprendido yo que mi novela no podía publicarse mientras existiese entre nosotros la esclavitud, lo cual influyó incuestionablemente para que en su oportunidad no tratase de mejorarla, los Fragmentos son, bajo todos sentidos, una prueba de que en la actualidad sería vano el intento de reproducir a Francisco metiendo la hoz en sus capítulos para cortar lo malo y salvar lo bueno. Aun la copia que se llevó Mr. Madden para Inglaterra, y por cuya adquisición estoy dando pasos, tal vez infructuosos por lo tardíos, no es verdaderamente igual a los borradores con cabal fidelidad transcritos ahora, porque José Zacarías González del Valle, que fue, en aquella época, el mejor de mis amigos, me excedía hasta tal punto, a pesar de ser tres años menor que yo, en instrucción y gusto, que sus correcciones, mutilando cuanto le parecía y arreglando algunas frases, acaso quitarían a la novela muchos de sus principales defectos para sustituirlos con bellezas acreedoras a los aplausos que entonces equivocadamente se me tributaron, tomándose por exclusivamente mío lo que más había sido parto de otro ingenio. A ese error achaco los desmesurados elogios de Cirilo Villaverde. Anselmo Suárez y Romero Edición de referencia: La Habana, Publicaciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, 1947. Edición a cargo de Mario Cabrera Saqui con notas suyas. 'Sacudido profundamente por la suerte de su patria irredenta, Anselmo Suárez y Romero, notable narrador y costumbrista, escribió al margen de uno de sus manuscritos: '¡Oh, Cuba mía! ¿Bajaré a la tumba sin verte libre?'. En 1878 murió sin haber visto a su patria independiente. Había nacido en 1818. Participó muy joven en las tertulias de Domingo del Monte (1804-1853). A solicitud de este animador de la cultura, escribió Francisco, novela a la que su amigo quiso dar el más sarcástico título de El ingenio o las delicias del campo. Nunca pudo ver editada esta obra ya que la censura colonial lo impidió. Pero en 1859 publicó su Colección de artículos, muchos de ellos de carácter costumbrista. Como escritor de costumbres, Suárez enfoca diversas facetas de la vida rural cubana. Describió con poético estilo los paisajes cubanos, algo idealizados, con una prosa suavemente musical como en 'Palmares'.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 114
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788490070758
    Verlag: Linkgua
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Francisco

Advertencia

No fue Francisco mi primera producción literaria; pero solamente había escrito los cuadros titulados Una noche de retreta, Un viejo impertinente, Un recuerdo, y Carlota Valdés , 1 cuando emprendí, en 1838 y acabé en 1839, aquella novela, excitado por Domingo del Monte, a quien había pedido Mr. R. Madden 2 algunas composiciones de escritores cubanos con objeto de saber el estado de la opinión acerca de la trata y de los esclavos, entre los jóvenes pensadores de Cuba. Desde el campo remitían los borradores a José Zacarías González del Valle, 3 para que los corrigiese y copiase, y un traslado que él sacó con él título de El Ingenio o las delicias del campo , más apropiado, en concepto de Del Monte, que el de Francisco, pasó a poder de Mr. Madden, permaneciendo desde entonces los borradores, en la misma forma en que salieron de mi pluma. La copia que ahora coloco en este volumen no difiere de los originales, ya casi ininteligibles en muchos puntos, sino en la ortografía, habiendo reproducido fielmente aquéllos, aun en infinidad de palabras y frases que el lector tildará desde luego, como lo hacía yo conforme las iba leyendo. En nada he variado tampoco el plan, dejándolo intacto en su conjunto y en sus detalles.

El lector me hará, sin duda, un cargo por haber respetado hasta ese grado una producción que bajo tal forma no es digna de darse a la prensa. Yo lo acepto; pero voy a decir lo que me ha sucedido. A ruegos de varios amigos he intentado algunas veces retocar en el fondo y en el estilo a Francisco; mas pronto conocí que, escrita la novela por mí hace tantos años, con el candor y el desaliño de un joven sin conocimientos de ninguna especie, porque hasta de numerosas faltas ortográficas están plagados los originales, lo que surgía, desde las primeras páginas limadas, era una nueva obra, y no la misma que brotó como un involuntario sollozo de mi alma al volver la vista hacia las escenas de la esclavitud. Así es que he rasgado todas las copias con enmiendas que comenzaba a hacer, prefiriendo que se mantenga el trabajo primitivo con el color ingenuo, imposible de ser imitado en el ocaso de la vida. Cuando publiqué mi Colección de art ículos, en 1859, quise que entrasen a componer parte de ella los Fragmentos. El censor 4 los rechazó apenas hubo leído los primeros párrafos, y si siempre había comprendido yo que mi novela no podía publicarse mientras existiese entre nosotros la esclavitud, lo cual influyó incuestionablemente para que en su oportunidad no tratase de mejorarla, los Fragmentos son, bajo todos sentidos, una prueba de que en la actualidad sería vano el intento de reproducir a Francisco metiendo la hoz en sus capítulos para cortar lo malo y salvar lo bueno. Aun la copia que se llevó Mr. Madden para Inglaterra, y por cuya adquisición estoy dando pasos, tal vez infructuosos por lo tardíos, no es verdaderamente igual a los borradores con cabal fidelidad transcritos ahora, porque José Zacarías González del Valle, que fue, en aquella época, el mejor de mis amigos, me excedía hasta tal punto, a pesar de ser tres años menor que yo, en instrucción y gusto, que sus correcciones, mutilando cuanto le parecía y arreglando algunas frases, acaso quitarían a la novela muchos de sus principales defectos para sustituirlos con bellezas acreedoras a los aplausos que entonces equivocadamente se me tributaron, tomándose por exclusivamente mío lo que más había sido parto de otro ingenio. A ese error achaco los desmesurados elogios de Cirilo Villaverde. 5

Pero confieso que después de tantos años como han transcurrido desde que, mirando de cerca nuestra vida campestre, trazaba con indócil mano los c

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