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Mi patria era una semilla de manzana von Müller, Herta (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 17.11.2016
  • Verlag: Ediciones Siruela
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Mi patria era una semilla de manzana

La premio nobel Herta Müller relata, en una lúcida conversación con Angelika Klammer, la historia de su vida desde su infancia en Rumanía hasta la actualidad.'Me siento (una vez más) como si me estuviera viendo desde fuera'. Así comenzaba Herta Müller su discurso tras la concesión del Premio Nobel. En una interesante conversación con Angelika Klammer habla de su trayectoria, desde su infancia en un pequeño pueblo rural del Bánato suabo hasta convertirse en la escritora mundialmente famosa que recibió en Estocolmo el premio literario más importante. En Mi patria era una semilla de manzana la autora reflexiona sobre su adolescencia y juventud en la ciudad rumana de Timisoara y el despertar de la conciencia política, sus primeros contactos con la literatura, los conflictos con el régimen comunista y la construcción de un camino propio a través de la escritura; también detalla por primera vez lo que la llevó a escribir y aquello que ha determinado su obra. Por otra parte, su descripción de la llegada a un nuevo país introduce una mirada distinta sobre la Alemania de los años ochenta y noventa, así como sobre la sociedad en que vivimos hoy. Herta Müller (Nitzkydorf, 1953), descendiente de suabos emigrados a Rumanía, es uno de los valores más sólidos de la literatura rumana en lengua alemana. Estudió Filología Germánica y Románica en la Universidad de Timisoara y se vio obligada a salir del país por su relevante papel en la defensa de los derechos de la minoría alemana. Desde 1987 vive en Berlín. Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009, ha sido galardonada también con los premios Aspekte (1984), Ricarda Huch (1987), Roswitha von Gandersheim (1990), Franz Kafka (1999) y Würth (2006), entre otros.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 224
    Erscheinungsdatum: 17.11.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416854943
    Verlag: Ediciones Siruela
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Mi patria era una semilla de manzana

Lechuzas en el tejado

"El paisaje de la infancia", dice en uno de sus ensayos, "deja huella en tu forma de mirar el paisaje durante todos los años posteriores. El paisaje de la infancia socializa sin obedecer a indicaciones. Cala en nuestro interior sin que nos demos cuenta" 1 . En su infancia, los campos de maíz rodeaban el mundo entero .

Aquellos inmensos campos de maíz socialistas... Cuando te veías en medio del campo entre las cañas todas apretadas, el campo era un bosque. Te sobrepasaba la cabeza y no se veía lo que había más allá. Al mismo tiempo, las cañas no tenían copa, el sol te daba de pleno en la cabeza el día entero, el verano entero. Y luego, al final del otoño, quedaban todos aquellos campos olvidados. Allí esmirriados y devastados, nadie los cosechaba. Se veían de lejos. Llegaba la nieve y las cañas atravesaban los campos. Y así, vistas desde lejos y desde fuera, eran como rebaños hambrientos atravesando el mundo entero en vertical. Sí, en vertical.

En ese paisaje sobredimensionado, la niña se siente desamparada, siente por primera vez una profunda soledad .

Y eso ha seguido siendo así. Creo que hay dos tipos de personas, y lo que las diferencia es la manera en que sienten el paisaje. A los unos les gusta subir a lo alto de una montaña: plantan los pies bien cerca de las nubes y dominan el valle, con la cabeza, con la mirada. Allí arriba es donde respiran con verdadera libertad, toman aire hasta el fondo y el pecho se les hace más grande. Los otros, en cambio, al subir a lo alto y mirar abajo se sienten más perdidos que nunca. Yo soy de los que se sienten desamparados, se me hace un nudo en la garganta. Cuanto más amplia es la perspectiva, más angustiada y más oprimida me siento. Como si pudiera esfumarme en un segundo, como si se cuestionara enteramente mi existencia. Creo que me pasa porque me identifico de inmediato con la infinitud y ante la infinitud, en el fondo, no soy nada. Contemplo un paisaje vasto y me siento como atrapada sin salida.

Antes tenía una vivencia de la naturaleza como una forma de amenaza puramente física, puesto que la naturaleza no tiene misericordia: se congela o arde y tú ardes o te congelas con ella. El calor asfixiante del verano, la sed en la garganta, el polvo de la tierra... no te puedes defender. Tu cuerpo no está hecho para eso, duele y se agota. Porque no eres una piedra ni un árbol. El material del que tú estás hecho no resiste a la naturaleza, es ridículo, efímero. Con cualquier tarea del campo surgía en mí una tristeza que yo no quería sentir en absoluto, porque aún me costaba un esfuerzo añadido. Pero surgía, estaba en contra de mí y no me dejaba en paz. Allí surgía aquella estúpida tristeza inmotivada, como si me estuviera esperando en el campo o en el valle cada vez. ¿Cuánto tiempo te pertenecerá ese cuerpo, cuánto tiempo seguirás viva? Por mucho que estés en el paisaje, nunca eres parte de él. Para mí la naturaleza era una enemiga. En invierno igual. Más adelante supe que los fenómenos naturales también se aprovechan para torturar a las personas, en las cárceles, en los campos de prisioneros. El círculo polar y el desierto, el frío y el calor extremos pueden matar y pueden utilizarse como instrumentos de tortura para exterminar a personas. Eso es lo que me venía a la cabeza una y otra vez, y más adelante, viviendo ya en la ciudad, seguí sin entender que nadie pudiera sentirse edificado ante el paisaje, plantarse en lo alto de una montaña y asomarse al valle con los ojos y con los dedos de los pies y sentirse feliz. ¿Cómo lo harán?

¿La naturaleza es hostil porque uno está enteramente a su merced y tiene que afirmarse como persona en ella y contra ella? En su obra, de hecho, la naturaleza nunca aparece como un espacio de juego o de contemplación, sino únicamente como el espacio del trabajo más arduo.

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