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Nos acostumbraremos von Pirzâd, Zoyâ (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 01.03.2014
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)

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Nos acostumbraremos

'Un texto vivísimo y ágil que nos habla, entre risas y lágrimas, de los tabúes, las profundas heridas y las alegrías de un país que apenas conocemos, salvo por los clichés de los telediarios.' Page Arezu es una mujer iraní divorciada, que vive con su hija adolescente y dirige la pequeña agencia inmobiliaria que fundó su padre. Una mujer moderna e independiente, que se divide entre los deseos de su hija de ir a Francia para vivir con su padre y una extravagante madre de mentalidad tradicional y obsesionada con el qué dirán. Todo se hace más complicado cuando comienza una relación sentimental con Zaryu, un cliente de la agencia, y ha de enfrentarse al rechazo y la presión de su entorno más cercano; Zoyâ Pirzâd dibuja, con ligereza e inteligencia, el retrato de una sociedad iraní llena de contradicciones y el de un personaje femenino tan fuerte y fascinante como una heroína de las novelas de Jane Austen. Zoyâ Pirzâd (Abadán, Irán, 1952) es la escritora iraní más destacada del panorama internacional. De origen ruso-armenio, se crio en el sur del país y actualmente vive en Teherán. Ha publicado dos novelas y tres libros de relatos, que han recibido múltiples premios, como el prestigioso Hooshang Golshiri Literary Award a la mejor novela del año o el premio a la mejor obra extranjera publicada en Francia (Prix Courier International) en 2009. Sus obras han sido traducidas a más de seis idiomas.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 260
    Erscheinungsdatum: 01.03.2014
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416120154
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 627 kBytes
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Nos acostumbraremos

2

La verja estaba abierta de par en par.

El R5 azul marino entró; en el jardín y se detuvo al pie de la escalinata. Desde el porche, una mujer delgada y esbelta exclamó;:

–¡En el jardín no, que molesta! Aparca en la calle.

Tenía el pelo recogido en un moñ;o y llevaba unos pendientes de oro y rubíes.

Arezu, Shirine y una joven bajaron del coche.

–¡Vale, Monir yan! –dijo Arezu–. ¿Al menos nos da permiso para sacar las bolsas de la compra? ¿Dó;nde está Naim? Dígale que venga a ayudarnos.

–No hace falta molestar a Naim –intervino Shirine–, podemos llevarlas entre las tres.

–Buenos días, abuela –dijo la joven, reuniéndose con su abuela en el porche.

–Oye, oye, señ;orita Ayeh –exclamó; Arezu–, no te vayas con las manos vacías, haz el favor. Coge un par de bolsas.

–¿Yo? –preguntó; Ayeh, que ya estaba en la escalinata.

–Sí, tú;. Ven aquí, he dicho.

La madre de Arezu abrió; los brazos para besar a su nieta.

–Pero llama a Naim y a Nosrat. ¡Con esta cintura de avispa, mi nieta no está hecha para cargar peso! ¿Có;mo está mi niñ;a querida?

Le apartó; el velo unos centímetros para acariciarle el cabello lacio. Un mechó;n se escapó; de la tela y le cayó; a la joven sobre el hombro, y otro, detrás de la oreja.

–Nuevo peinado, por lo que veo. ¡Bravo! ¡Estás preciosa!

Abuela y nieta entraron en casa, abrazadas por la cintura.

Naim bajó; la escalinata, seguido de una gruesa mujer vestida con una falda plisada y una blusa de flores. Arezu avanzó; hacia ella, presentándole la mejilla para que se la besara.

–Hola, Nosrat, ¿có;mo estás?

La mujer le tomó; el rostro entre las manos y le dio dos besos en cada mejilla.

–Hola, preciosa. ¡No toques nada! Usted tampoco, Shirine janom.

Y, volviéndose hacia Naim, exclamó;:

–Pero ¿qué haces ahí parado? Lleva todo esto a la cocina. ¡Y rapidito!

Se volvió; después hacia Arezu y Shirine y les dijo:

–Por favor, adelante.

Subieron las tres la escalinata.

En el saló;n había una hilera de sillones de madera dorada tapizados con telas estampadas en azul celeste y azul marino. En la chimenea chisporroteaba el fuego, y encima de la repisa había un retrato de una mujer de ojos azules sentada en un silló;n de madera dorada. Cada vez que se hablaba de ese cuadro, la madre de Arezu se acariciaba el cabello castañ;o claro, y en su boca de labios rosas se dibujaba una sonrisa.

"Le dije a Kazarian: "Maestro, ¡pínteme ojos azules, a juego con los colores de mi saló;n!"."

Contenía una risita antes de añ;adir: "Azul y dorado: ¡los colores reales!".

Arezu arrojó; su bolso sobre el primer silló;n que le pilló; a mano.

–¡Bienvenida al castillo de Versalles! Pero ¿dó;nde está María Antonieta?

Su madre entró; por la puerta del vestíbulo.

–Ayeh ha ido a leer sus correos electró;nicos.

Volviéndose hacia Arezu, le dijo:

–Quita el bolso del silló;n, no seas desordenada.

Y, dirigiéndose a Shirine, añ;adió;:

–¿Có;mo estás, preciosa? Te veo más delgada.

Miró; a Arezu de reojo.

–Tu amiga, en cambio, ha vuelto a engordar. &iqu

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