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Verdades creadas von Costas, R. (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 05.12.2016
  • Verlag: Ediciones Oblicuas
eBook (ePUB)
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Verdades creadas

Los cuatro textos (un relato que no es un relato, la historia de un personaje atrapado en sus palabras, el viaje de un padre con sus hijas y la autopsia de un proceso judicial) que componen este libro, Verdades creadas, y lo convierten en un falso volumen de relatos, comparten, además de numerosos motivos que se extienden y entrelazan de unos a otros, tres rasgos comunes: una misma y peculiar estructura narrativa en la que el tiempo no juega papel alguno; el hecho de que todos ellos aludan a otra obra, real o ficticia; y que los cuatro abordan la cuestión de lo que entendemos por verdad y su engarce con lo real. El resultado es un volumen formado por piezas autónomas que cobran todo su sentido como conjunto.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 125
    Erscheinungsdatum: 05.12.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416967155
    Verlag: Ediciones Oblicuas
    Größe: 2757 kBytes
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Verdades creadas

1. Cadáveres

El nu mero concreto de cadáveres era una de las circunstancias que haci an de aquel caso algo singular y les impedi an usar sus habituales recursos: todo ese conjunto de suposiciones de las que partían y que les servían para completar la historia de cada delito (El contexto, los hábitos, los motivos más comunes, las circunstancias típicas, o el principio jurídico que les libraba de tener que probar lo que se conoce, lo que es público y notorio, lo que dicta la experiencia. Así lo decían las leyes): en el fondo, un montón desordenado de herramientas que aplicaban de forma casi mecánica y que les ayudaban a rellenar sin más explicaciones los espacios vacíos. Pero cómo enfrentarse con un caso en el que ni siquiera estaba claro el número de cadáveres del que hacerse cargo. Sobre tres de ellos no había dudas. Los había tenido delante. De hecho, uno había sido cosa suya, en parte. Suya y de su compañero. Porque, aunque la versión oficial que el juez había dado era la de suicidio, y realmente C. Canedo se había hundido su propia navaja justo bajo las costillas, era obvio que los culatazos con que le reventaron la cabeza después de que se hiciera con el cuchillo no contribuyeron en nada a salvarle la vida. Pero cómo iban a saber ellos que lo que pretendía era suicidarse y no, matar a su señoría, o atacarlos. Mejor prevenir. Ni se molestaron en tomarle el pulso. Los sesos esparcidos por el suelo les parecieron prueba suficiente. A la morgue y final de la historia. O eso creían. Su señoría decidió, en cambio, que el asunto no estaba cerrado. Había demasiadas cosas por aclarar y quizás no tenía la conciencia tranquila. Así que los obligó a revisarlo por completo. Y lo cierto es que a él, al menos, algo le movía a no dejarlo. Necesitaba saber lo que había ocurrido en realidad y, además, esto le abría una línea de fuga de la deprimente monotonía de aquel destino al que estaba condenado: perdido en una oscura y remota capital de provincia de la oscura y remota Galicia de finales del xix. Cómo no aprovecharlo.

Balbino, el Cebolla -así lo apodaban-, apareció muerto en la taberna llamada del Chaguazoso el domingo por la noche. De esta forma comenzó el asunto. Lo que no parecía sino una reyerta que había terminado peor que de costumbre acabó convirtiéndose en una persecución interminable por los arrabales de la villa, de incidente en incidente y de ese primer cadáver, el del Cebolla , hasta el segundo y provisionalmente el último - con el que terminó la búsqueda - , el de Socorro H., Socorrito; a falta del que resultaría del suicidio de Canedo y de que apareciesen, o no, en el Campo de las Bestias, los de sus dos compañeros de juerga, según lo que había declarado tanto en el cuartelillo como ante el juez, aunque precisamente esta era una de las lagunas de la investigación: encontrar los cuerpos de J. F. y E. V., quienes, de acuerdo con su relato, habían sido los verdaderos responsables de todo lo ocurrido , incluidas las muertes del Cebolla y Socorrito . Pero cómo no suponer que aquello era una excusa. Así lo creían. También el juez. Al fin y al cabo los otros nunca podrían contar su versión y no había testigos fiables de lo ocurrido durante aquellos días.

Canedo había caído en una contradicción importante que, al principio, habían pasado por alto porque no tenía que ver más que con dos frases, en apariencia, poco relevantes en medio de las casi cien páginas de declaración, y situadas, para complicarlo más, en ambos extremos de su historia. Los detalles. Como siempre. Solo cuando releyó por quinta o sexta vez lo que había declarado, tomando notas de cada una de las piezas con que estaba armada su versión, encontró este error que, además, estaba relacionado con la navaja con que se suponía habían matado al Cebolla y a Socorrito . Con su navaja, se deci a, ahora, convencido. Según Canedo, aquel

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