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Historia de Tlaxcala von Camargo, Diego Muñoz y (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 31.08.2010
  • Verlag: Linkgua
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Historia de Tlaxcala

La Historia de Tlaxcala fue escrita por Diego Muñoz y Camargo entre 1576 y 1591. Aquí se describen la religión, costumbres, cultura, y forma de vida de los tlaxcaltecas antes de la Conquista; y se narran los acontecimientos de la Conquista de México, desde los presagios de la llegada de los españoles, hasta los acontecimientos durante el mandato de Álvaro Manrique de Zúñiga, séptimo virrey de Nueva España. Diego Muñoz Camargo (1529-1599). México. Sus padres eran un español y una indígena perteneciente a la nobleza de Tlaxcala. Diego Muñoz vivió en la ciudad de México y fue intérprete oficial. Hacia 1550 se mudó a la ciudad de Tlaxcala.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 174
    Erscheinungsdatum: 31.08.2010
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788499531687
    Verlag: Linkgua
    Größe: 351 kBytes
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Historia de Tlaxcala

LIBRO II

Capítulo I. Que trata de los prodigios que se vieron en México y Tlaxcalla antes de la venida de los españoles

Dejando, como dejamos remitido, a los cronistas de esta tierra las cosas más graves que tienen escritas acerca de los grandes acontecimientos del discurso de la Conquista, iremos pasando en suma en todas las cosas que vamos refiriendo. Diremos en este lugar las señales que hubo en esta Nueva España antes de la venida de los españoles.

Como el demonio, enemigo del género humano, se vive tan apoderado de estas gentes, siempre las traía engañadas y jamás las encaminaba en cosas que acertasen, sino con cosas con que se perdiesen y se desatinasen. Y como nuestro Dios y sumo bien tuviese ya piedad y misericordia de tanta multitud de gentes, comenzó con su inmensa bondad de enviar mensajeros y señales del cielo para su venida, las cuales pusieron gran espanto a este Nuevo Mundo.

Fue [el primero] que diez años antes que los españoles viniesen a esta tierra, hubo una señal, que se tuvo por mala abusión, agüero y extraño prodigio, y fue que apareció una columna de fuego muy flamífera della más muy encendida, de mucha claridad y resplandor, con unas centellas que centelleaba en tanta espesura que parecía polvoraba centellas; de tal manera, que la claridad que de ellas salía hacía tan gran resplandor que parecía la aurora de la mañana. La cual columna parecía estar clavada en el cielo, teniendo su principio, desde el suelo a la tierra de do[nde] comenzaba, de gran anchor, de suerte que desde el pie iba adelgazando, haciendo punta que llegaba a tocar el cielo en figura piramidal. La cual aparecía a la parte del mediodía y de media noche para abajo hasta que amanecía, y era de día claro, que con la fuerza del Sol y su resplandor y rayos era vencida. La cual señal duró un año, comenzando desde el principio del año que cuentan los naturales de Doce Casas, que, verificada en nuestra cuenta castellana, acaeció el año de 1516.

Cuando esta abusión y prodigio se veía hacían los naturales grandes extremos de dolor, dando grandes gritos, voces y alaridos en señal de gran espanto y dándose palmadas en las bocas, como lo suelen hacer. Todos estos llantos y tristezas iban acompañados de sacrificios de sangre y de cuerpos humanos, como solían hacer en viéndose en alguna calamidad y tribulación. Ansí como era el tiempo y la ocasión que se les ofrecía, ansí crecían los géneros de sacrificios y supersticiones. Con esta tan gran alteración y sobresalto, acuitados de tan gran temor y espanto, tenían un continuo cuidado e imaginación de lo que podría significar tan extraña novedad, procuraban saber por adivinos y encantadores qué podría significar una señal tan extraña en el mundo jamás ni vista ni oída. Háse de considerar que diez años antes de la venida de los españoles comenzaron a verse estas señales, mas la cuenta que dicen de Diez Casas fue el año de 1516, tres años antes que los españoles llegasen a esta tierra.

El segundo prodigio, señal, agüero o abusión que los naturales de México tuvieron fue que el templo del demonio se abrasó y quemó, el cual le llamaban templo de Huitzilopuchtli, sin que persona alguna le pegase fuego, que estaba en el barrio de Tlalcateco. Fue tan grande y tan repentino este incendio que se salían por las puertas de dicho templo llamaradas de fuego, que parecía llegaban al cielo. Y en un instante se abrasó y ardió todo. Sin poderse remediar cosa alguna, quedó deshecho. Lo cual, cuando esto acaeció, no fue sin gran alboroto y alterna gritería, llamando diciendo las gentes: "¡Ea mexicanos! Venid a gran prisa y con presteza con cántaros de agua a apagar el fuego". Y ansí, las más gentes que pudieron acudir al socorro vinieron. Cuando se acercaban a echar el agua y querer apagar el fuego, que a esto llegó multitud de gentes, entonces se encendía más la llama con gran fuerza, y ansí, sin ningún remedio, se

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